CYNOSDIOGENES filosofía feroz

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Un artículo de Mario Bunge, esperando respuesta

Publicado el 19 de Noviembre, 2012, 19:24. en General.
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Con 90 años sigue escribiendo las mismas cosas que hace 60 años.
Con este artículo iniciamos una serie de respuestas al palio y neo positivismo bungeano,
 que se sigue repruciendo por el mundo.


Paul Feyerabend, por Mario Bunge

El filósofo de origen vienés Paul K. Feyerabend fue el niño terrible de la filosofía del siglo
XX. Desafió todas las reglas del juego intelectual. Se mofó de todo y de todos.
Feyerabend nació en Austria en 1924 y murió en Suiza en 1994. Es ampliamente conocido
en la República de las Letras por haber sostenido tres tesis heterodoxas. La primera, que
concibió junto con su amigo Thomas S. Kuhn, es la afirmación de que las teorías científicas
rivales son mutuamente “inconmensurables”. O sea, serían incomparables al punto de tratar
de asuntos diferentes.
La segunda tesis es la del “anarquismo gnoseológico”, según el cual en el dominio del
conocimiento no hay diferencias de calidad: tanto valen la astrología como la física, el
creacionismo como la biología evolucionaria, el curanderismo como la medicina, la
hechicería como la ingeniería.
Y la tercera tesis es la antigua creencia idealista de que nada existe objetivamente, o sea,
independientemente del sujeto que explora y conoce. Por ejemplo, los átomos y las estrellas
no serían cosas materiales existentes por sí mismas, sino conceptos.
Ninguna de las tres tesis resiste al examen crítico. En efecto, si la tisis de la
“inconmensurabilidad” fuese verdadera, nadie se tomaría el trabajo de hacer observaciones
o experimentos para dirimir entre teorías rivales. Pero de hecho los científicos se esfuerzan
por encontrar la verdad. A veces (como en el caso de los experimentos en el CERN y en el
Fermilab) lo logran a un costo del orden de centenares de millones de dólares por
experimento. La búsqueda de la verdad suele ser costosa aun cuando la verdad misma no
sea una mercancía a la que se le pueda adjudicar un precio.
Si se toman en serio el anarquismo gnoseológico (“todo vale”), no sería superior a sus
rivales. Pero ningún pensador lo tomo en serio, porque equivale a afirmar que el “juego”
intelectual no tiene reglas. Que cada cual puede afirmar tranquilamente lo que e le antoja;
que las pruebas empíricas no cuentan; y, sobre todo, que tampoco cuenta la lógica, de modo
que habría que tolerar la contradicción el non sequitur. O sea, que el ser humano no se
distinguiría por la racionalidad.
Finalmente, si fuese cierto que: son sólo conceptos todo lo que el común de la gente cree
que está en el mundo exterior, desde los electrones hasta los continentes, nadie se tomaría
la molestia de explorar el mundo real. Todos nos conformaríamos con fabricar y creer
mitos y cuentos de hadas. Pero tendríamos que pagar el precio: no nos guareceríamos de la
lluvia, no huiríamos de las bestias feroces (en particular algunos de nuestros congéneres), ni
trabajaríamos para ganarnos el pan.
Feyerabend tuvo múltiples talentos, pero no desarrolló plenamente ninguno de ellos: fue un
aficionado en todo lo que hizo. Toda su vida fue inquieto, rebelde sin causa, exagerado y
desbrujulado, como dicen los franceses. No tuvo paciencia para estudiar a fondo ningún
tema hasta dominarlo.
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Fue radical en todo. Osciló de un extremo al otro. De joven se enroló como voluntario en el
ejército nazi. Estudió un poco de física bajo la dirección de un profesor tristemente célebre
por haber “descubierto” el inexistente monopolio magnético. Luego fue a Berlín Oriental
para estudiar dirección teatral con el gran Bertolt Brech, comunista de nombre pero
anarquista de corazón.
Al poco tiempo, Feyerabend cambió de mentor: esta vez se arrimó al gran físico danés
Niels Bohr. Nada salió de esto. Bohr era algo excéntrico, pero también serio y exigía
resultados. Pocos años después, Feyerabend se arrodilló ante Karl Popper. Al poco tiempo
se enemistó con él. Luego pasó un tiempo con Stefan Corner en Bristol, y finalmente
emigró a Berkeley, California.
En Estados Unidos Feyerabend trabó amistad con el historiador de la ciencia Thomas S.
Kuhn. Entre los dos improvisaron el programa de la nueva filosofía y sociología de la
ciencia, que reniega de la razón y echa por la borda el concepto de verdad objetiva, al
sostener que los cambios científicos son tan irracionales como lo cambios de modas.
Feyerabend anduvo como gitano tanto por el mapa de la cultura como por el mundo. La
ciencia y la filosofía le quedaban chicas: anhelaba la presunta libertad del arte, y pensaba
que no debería haber diferencias entre éste y la ciencia. Una vez me llamó por teléfono
desde California tan sólo para informarme que la Universidad de Florida le había ofrecido
el decanato de la escuela de música. Naturalmente, no lo aceptó.
Feyerabend no acataba disciplinas ni compromisos de ninguna clase. Sin ataduras
familiares, discípulos, colaboradores, ni programas de investigación a largo alcance, era
libre de moverse a la deriva. Primero abandonó Austria por Alemania. Luego se expatrió a
Inglaterra, y más tarde a Estados Unidos. Durante los últimos años de su vida enseñó a la
vez en Berkeley y en el Politécnico de Zúrich.
Le gustaba épater le bourgeois, atacando las creencias mejor fundadas y las reputaciones
mejor ganadas. Por este motivo era un expositor taquillero. Sus alumnos decían que asistían
al “circo Feyerabend”. Admitían que iban para divertirse, no para aprender. En su oficina
tenía un enorme póster mostrando a King Kong, fantasía biológicamente imposible. No
dejó sino un discípulo.
A comienzos de su carrera filosófica Feyerabend hizo buena letra: escribió algunos
artículos epistemológicos serios, aunque no originales. Al cabo de unos años se hartó de la
disciplina intelectual y descolgó con su famoso libro Contra el método (1975), que lo hizo
célebre de al noche a la mañana.
Yo me enteré de la aparición de este libro por un estudiante mexicano que me informó que
acababa de demostrar que la ciencia no es más creíble, y por lo tanto tampoco más digna de
respeto, que la superstición.
Este libro tuvo gran circulación porque denigraba a la ciencia y, en general, al pensamiento
riguroso, en el momento adecuado. Era la época en que la juventud universitaria
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norteamericana, asqueada por la guerra de Vietnam, se había rebelado contra el
establishment. Si distinguir el complejo industrial-militar-político de la técnica, ni ésta de la
ciencia, los jóvenes rebeldes embestían ciegamente contra la ciencia básica y la filosofía
rigurosa, acusándolas de todos los horrores. La guerra, la degradación ambiental, el
consumismo, etcétera.
El libro de Feyerabend venía a justificar esta reacción irracional. Su consigna era Anything
goes (“Todo vale”), refrán de una popular comedia musical norteamericana. Esta era la
tesis que más tarde fue llamada del “pensamiento débil”, y una de las precursoras del
llamado “posmodernismo”.
Feyerabend no llegó a esta conclusión nihilista tras un análisis minucioso de un puñado de
teorías científicas. Se había vuelto alérgico al análisis conceptual. En mi última polémica
con él, publicada en 1991 en la revista New Ideas in Psychoogy mostré que Feyerabend
interpretaba equivocadamente las únicas fórmulas que figuran en Contra el método.
Algunos de estos errores son grotescos, al punto de que bastarían para suspender a
cualquier estudiante de física que los cometiese.
La vía que llevó a Feyerabend a apostatar de la ciencia fue un camino de Damasco. Él
mismo la describió hacer tres décadas en la revista israelí de filosofía. En ella cuenta cómo
se había hartado de múltiples tratamientos médicos para curarse una enfermedad crónica.
Un día que caminaba por una calle de Londres, Feyerabend vio un cartel que anunciaba
curaciones milagrosas. Convencido de que no tenía nada que perder, bajó las escaleras y
entró en el consultorio de la curandera. Ella lo interrogó y le recetó un tratamiento
heterodoxo.
Según Feyerabend, la curandera le curó el mal crónico. Obviamente, el paciente nunca
había oído hablar del efecto placebo, ni recordaba el viejo proverbio “Una golondrina no
hacer verano”, ni la antigua admonición “Después de no es lo mismo que causa de”. (O
quizá sólo quería ser persuadido.) Su “conclusión” fue que el curanderismo vale tanto como
la medicina, si no más que ésta. Sin más tardar, generalizó esta tesis a todos los campos.
Éste es el origen del “anarquismo gnoseológico”. O sea, se trata de una generalización a
partir de un solo caso, y sin asomo de control experimental. Es el mismo razonamiento
precientífico que alimenta la fe en la homeopatía, el psicoanálisis y la religión.
No paró aquí la cosa. Feyerabend y su amigo Thomas Kuhn charlan juntos y se convencen
mutuamente de que la verdad objetiva es inalcanzable. Sostienen que lo que vale en un
momento dado no es sino lo que se conviene en admitir como verdadero,
independientemente de que haya sido probado. En ciencia todo sería convencional y
arbitrario.
Pero Kuhn, a diferencia de su amigo, siguió trabajando y eventualmente recapacitó. Dejó de
sostener que la verdad es convencional, y dejó de hablar de paradigmas. (En 1974 le oí
decir que estaba harto del tema.) No así Feyerabend, que durante las dos últimas décadas de
su vida adoptó posturas cada vez más irracionalistas y subjetivistas.
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A primera vista, Feyerabend se parece a otros heterodoxos que se deleitaban en épater le
bourgeois. En particular, uno podría pensar en Sexto Empírico, Erasmo, Voltaire, y
Nietzche, otros tantos niños terribles de sus propios tiempos. Pero el parecido es superficial.
Veamos por qué.
Sexto Empírico puso en duda una pila de creencias infundadas que pasaban por saber en la
antigüedad. Exageró, pero enseñó a pensar críticamente. Sus libros contra los filósofos, los
gramáticos y otros intelectuales fueron el azote de los “macaneadores” de su tiempo, y aún
se leen con deleite dos milenios después. En cambio, Feyerabend es uno de los ídolos de
los “macaneadores” de nuestro tiempo.
Es su Elogio de la locura, el humanista y teólogo Erasmo de Rotterdam no se limita a
criticar ciertas ideas y usos de su tiempo, sino que lo hacer enarbolando razones. Además,
propone alternativas constructivas, tales como llevar una vida auténticamente cristiana y
repartir los bienes. (No en vano fue amigo entrañable de Tomás Moro, abuelo del
comunismo.) En cambio, Feyerabend no sustentó sus propias críticas ni ofreció otra
alternativa que la licencia total.
Voltaire hizo reír a todo un siglo pero no fue un bufón. Fue un estudioso serio y un crítico
tan bien informado como implacable de su tiempo Entre otras cosas hizo el elogio de
Newton en una Francia que lo ignoraba, y criticó el finalismo cuando era aceptado incluso
por grandes científicos. Además, Voltaire dejó una considerable obre histórica, política, y
filosófica y literaria. Sus obras completas abarcan una cuarentena de volúmenes. Las de
Feyerabend, sólo dos. Voltaire atacó el oscurantismo, mientras que Feyerabend lo defendió.
Y Voltaire entrevió algunos rasgos de la sociedad democrática moderna que dio a luz la
Revolución Francesa. En cambio, Feyerabend, al exigir que las escuelas públicas enseñen
mitos junto con la ciencia, confundió la democracia con el caos.
Finalmente, el paralelo de Feyerabend con Nietzsche se limita al rechazo de la creencia en
la posibilidad de encontrar verdades objetivas. Nietzsche escribió bien y copiosamente
(incluso en exceso), e hizo algunas contribuciones a la filología. Su Así habló Zarathustra
es (al menos así me pareció cuando lo leí a la edad de 17 años) un hermoso poema en prosa,
aunque uno puede no estar de acuerdo con su contenido. En cambio, Feyerabend, que se
sentía artista y proclamaba la grandeza del arte, no dejó obra artística aluna ni se distinguió
por su estilo literario. Durante el último tercio de su vida, su estilo fue panfletario.
En lo que sí se parecen notablemente Nietzsche y Feyerabend es en que la prédica de
ambos contra la ciencia fue tan exitosa como infundada. En mi opinión, ambos ejercieron
un influjo negativo sobre la cultura moderna. No en vano, Nietzsche era el ensayista
filosófico favorito de Hitler y ha sido exhumado por los “posmodernos”. No en vano, en
Feyerabend se escudaron los fanáticos que exigían que las escuelas secundarias
norteamericanas dedicaran el mismo tiempo a la leyenda bíblica de la creación de las
especies que a la biología evolutiva.
Esta necrología se está acabando y encuentro que he violado la antigua norma romana: “De
los muertos sólo dirás lo bueno”. En mi descargo diré que no he encontrado nada bueno que
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decir acerca de Feyerabend. Y que, dada la influencia nociva de su obra, siento que tengo el
deber de alertar contra ella a quienes la han oído elogiar pero no la han leído.
Creo que Feyerabend estaba profundamente errado. Y creo que sus errores se deben a que
nunca se sentó a estudiar pacientemente y con profundidad tema alguno, a que e dejó llevar
por su impulso histriónico, y a su afán por alcanzar celebridad instantánea.
También creo que la influencia popular de Feyerabend fue tan nociva como fuerte. Fue
nocivo porque propaló los mitos de que no hay verdades objetivas y de que a la postre lo
único que importa es el poder. Y su influencia popular fue enorme precisamente porque
predicó con palabra fácil y encendida (así como con el ejemplo) que no vale la pena
estudiar nada en serio y con rigor, ya que “todo vale”. Es una invitación al facilismo. Como
si hiciera falta en países sin tradición cultural rigurosa.
Si en verdad todo valiese por igual, no habría motivo para preferir nada de modo fundado
ni, por consiguiente, para amar, cultivar o defender nada en particular. Afortunadamente,
no es así. No todo vale por igual. Por tanto, no hay motivos para permanecer indiferente
ante el error y la injusticia. En cambio, hay motivos para trabajar por la verdad y la justicia.
"Publicado originalmente en la obra de Mario Bunge "Cápsulas", editorial "Gedisa".
Primera edición, mayo del 2003, Barcelona"

Sindicación

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