Lo que va de la ciudad a la urbe
En Mitología de la seguridad
(Adriana Hidalgo), el intelectual italiano, especialista en estética y
literatura, rastrea los orígenes del paradigma de control social que hoy
se ha impuesto. En este fragmento analiza el concepto de urbanización
Por Andrea Cavalletti
Al comienzo de su Teoría general de la urbanización , en 1867, Ildefonso Cerdá escribía:
-
En primer lugar, me veo en la necesidad de dar un nombre a este
maremágnum de personas, cosas, intereses de todo género, de mil
elementos diversos que a primera vista parecen funcionar cada cual a su
manera e independientemente de los otros, mientras que al observarlos
con detenimiento y espíritu crítico se nota que, quizás ejerciendo uno
sobre otro una acción muy directa, están en constante relación y forman,
en consecuencia, una unidad.
Como es sabido, Cerdá excluye los términos ofrecidos por el vocabulario
español para acuñar, en cambio, trayéndolos del latín, los neologismos
que le ganaron la celebridad: urbe y urbanización .
Esta feliz invención terminológica se hace necesaria precisamente para
expresar una unidad entendida como campo de relaciones, algo que el
término ciudad , en cambio, corría el riesgo de reducir sólo a
su "aspecto material". La materia "enteramente nueva, intacta, virgen"
que Cerdá quiere introducir tiene que ver no sólo con casas o calles,
sino con "el organismo, la vida, por así decirlo, que anima la parte
material". Ciertamente, desde el vitalismo anárquico de Piotr A.
Kropotkin hasta el bergsonismo de Patrick Geddes o de Marcel Poëte y los
replanteos de la biogeografía francesa o alemana, las mil variantes de
la "metáfora orgánica" podrían reconducirse sin demasiadas dificultades a
este principio fundamental. El surgimiento de un lugar común, sin
embargo, no tiene nada de banal, y es en tal sentido que el texto de
Cerdá se manifiesta como excelente banco de pruebas.
Pregúntese a un urbanista por qué se hace llamar así. Tal vez haría referencia a la Teoría general de la urbanización
-texto que, por lo demás, por mucho tiempo tuvo escaso reconocimiento-,
como si fuera lógico y evidente que el nacimiento del término urbanística debiera encontrarse en los primeros escritos disciplinarios; o bien, hablaría de "un problema filológico aún por explorar".
Si no fuera porque Cerdá mismo calificó de "filológicas" las razones de
su propia invención. Por otra parte, se trata de una filología sui generis
, usada por un autor por lo demás cauto, siempre atento a poner en
claro los límites de las propias competencias lingüísticas. No será,
pues, el caso de tomar sus etimologías al pie de la letra ni, por el
contrario, discutirlas en el plano de cogniciones a las que él en primer
lugar se declara ajeno. Más bien será preciso aclarar su necesidad,
reconocer un problema ya en el recurso al "problema filológico", sin
trocar la causa en efecto al aceptar un planteamiento que de hecho es en
sí mismo urbanístico. Es necesario liberarse de este famoso "primer
error", y de conjunto intentar atenerse a una razón específica. Quizá no
baste con afirmar que la nueva disciplina, que habría surgido hacia
finales del siglo XIX, se distingue "de las artes urbanas anteriores por
su carácter reflexivo y crítico y por su pretensión científica". En
efecto, es precisamente la "pretensión científica" de la que habla
Françoise Choay -nada menos que la aparición del urbanismo como
disciplina- la que aún debe ser comprendida en esto. Esta se funda en la
misma invención lingüística que, en un movimiento a su vez reflexivo y
crítico, permite hablar hoy de las " arts urbains antérieurs ".
La invención terminológica debe responder a razones filológicas y
filosóficas por igual, o adecuarse a una materia que resulta fluida, a
una ciudad hecha de intercambios y desplazamientos, imposible de
contener dentro de los límites definidos por sus muros, móvil hacia el
exterior. Insistir en este aspecto no debe hacer olvidar en absoluto
que, "antes de la expansión moderna, la ciudad no está necesariamente
cerrada (en particular en la antigüedad grecolatina); que los muros no
delimitan necesariamente las ciudades sino tal vez barrios bien precisos
[...]; que los límites jurídicos o religiosos determinan comunidades
que, también en Occidente, no siempre coinciden con el espacio
delimitado por los muros". Con mayor razón resulta significativo, sin
embargo, que Cerdá se preocupara por algo que la palabra ciudad ya no podía contener, mientras que urbe es capaz de expresarlo en tanto continúa en su movimiento hacia los suburbios
. Se trata de una dinámica de cualquier manera irreductible a las
fronteras territoriales, que atañe no simplemente a la "parte material",
sino a "la vida que la anima". Una nueva forma que el término expansión
podría incluso disimular. En efecto, no se trata de la apertura de la
ciudad hacia zonas periféricas ni de la relación de estas con aquella,
sino de un movimiento, la urbanización, en la cual tanto la urbe como
los suburbios mismos son capturados y en la cual se incluye toda
relación entre ellos. No se trata de la "expansión moderna" como
ampliación del espacio urbano, sino de su giro hacia una procesualidad;
está en juego un flujo continuo y unitario según el cual incluso la casa
más pequeña deviene "urbe elemental y originaria".
Así, el término urbanización indica
-
el conjunto de los actos que tienden a agrupar la edificación y a
regularizar su funcionamiento en el grupo ya formado, así como el
conjunto de principios, doctrinas o reglas que deben aplicarse para que
la edificación y su agrupamiento, lejos de comprimir, desvirtuar y
corromper las facultades físicas, morales e intelectuales del hombre,
sirvan [...] para acrecentar el bienestar individual, cuya suma forma la
felicidad pública.
Es, por lo tanto, en nombre de la vida que la nueva disciplina se opone a
la reducción del espacio dentro de la rigidez de los muros. Toda la
nueva materia está como animada por una tensión implícita, y desde ese
momento se dará siempre una mala urbanística que no sólo es una
operación diferente, más o menos errada, sobre lo habitado, sino una
acción todavía débil, algo que respecto a las condiciones presentes y al
bienestar deseable no urbaniza lo suficiente , y reclama así una ulterior acción urbanizadora.
Es precisamente en tal sentido que la lengua castellana le resulta a
Cerdá extrañamente pobre, carente de palabras precisas. La carencia
lingüística corresponde a una carencia en el plano de la urbanización en
acto, y la innovación terminológica tiene un motivo polémico preciso, y
una función específica: puesto que la nueva palabra no se separa de las
viejas, sino que las atrae y las reorganiza; no está apartada del viejo
uso lingüístico pero sobrevive si logra aferrarlo y si, arrastrando
consigo la lengua, logra desencadenar uno nuevo. La urbanización no
aspira, por otra parte, al propio cumplimiento así como no ambiciona
distinguirse del flujo continuo de la historia emergiendo de repente en
virtud de un rasgo o un tenor científico antes desconocido: más bien es
un modo particular de sacar a la luz y restablecer la continuidad misma.
Su gesto característico precisamente consiste en la institución de un
vínculo con el pasado. La urbanización, el urbanismo como proceso, nace
proyectándose hacia atrás en el tiempo como largo "desarrollo de la
urbanización". Los párrafos que Cerdá dedica a los orígenes
prehistóricos y a la síntesis histórica de las combinaciones urbanas,
simples, homogéneas, heterogéneas o compuestas, constituyen la verdadera
definición de una noción que se considera tanto más nueva precisamente
en tanto habría sido "siempre la misma en su sustancia". Esta requiere
por lo tanto una empresa historiográfica diferente de los cientos de
historias de las naciones o de los pueblos. El urbanismo existía mucho
antes de que las naciones se enfrentaran, y antes aun de que se formase
pueblo alguno. Y es la habitación, ya sea gruta, cabaña o palacio, como
célula urbanística primaria y como origen de la protección, la que en
todo caso explica las comunidades y los pueblos, sus luchas o uniones y,
en fin, las historias internas y relativas. Así, urbanización y
civilización en el fondo coinciden, no son dos, sino que "son la misma
cosa". Por eso la urbanización no podría descubrirse de golpe como
disciplina, desprenderse del pasado gracias a sus pretensiones
científicas: precisamente como ciencia, esta no se distingue de ese
pasado que, vivo, continúa diferenciándose.
Rige así en la urbanística una suerte de durée , elemental pero
capaz de decidir con anticipación el influjo de Bergson sobre Geddes y
sobre la historia urbana de Poëte; algo que predetermina o prefigura un
cierto bergsonismo difuso si bien simplificado. La ciudad geddesiana,
inseparable de su evolución de la ciudad cara a Elisée Reclus, o la de
la ciudad-mundo al mundo-ciudad trazada por Lewis Mumford, pertenecen al
mismo umbral epistemológico de la equivalencia entre urbanización e
historia planteado por Cerdá. Por otra parte, sólo este movimiento,
natural e inadvertido, permite pensar hoy en términos de una "historia
interna a la disciplina". Donde "interna" significa: considerada ya en
una extraña visión anticipadora, en un horizonte de urbanización
implícito, sólo a partir del cual aparecerán sus materiales y en cuyo
interior esta podrá después, con mayor o menor agilidad, aferrarlos.
Ahora bien, precisamente la Teoría general de la urbanización ,
con su procedimiento centrífugo, trazando el más amplio horizonte en el
tiempo y en el espacio, con su terminología tanto más precisa cuanto
más vaga, tiende a la constitución de un punto de vista interno.
Exactamente desde este punto de vista toda posición aún deberá retomarse
y corregirse en un gesto más amplio y continuo que, tendiendo a
confundirse con la vida misma, dejará descubrir por fin algo así como
una "urbanística espontánea".
Cuando Cerdá recurre al neologismo urbe para "indicar simple y
genéricamente un agrupamiento de construcciones", sustrae este último al
ámbito limitado de la materialidad para inscribirlo en el centro de la
función urbanizadora. Ciudad, villa, pueblo, lugar, aldea, feligresía, caserío, alquería, quinta
son palabras inadecuadas, "destinadas a indicar las diferentes
jerarquías que se forman entre los grupos de casas, según su cantidad,
su importancia y extensión, y que en un tiempo denotaban también la
diversidad de los modos de vida y de los privilegios [...] acordados a
algún centro". Todos estos términos reducen la forma de vida a un
aglomerado en particular, vinculan una y otro en una serie de esquemas
prefijados y en una subdivisión preordenada. La definición de
"agrupamiento en sentido genérico", de " urbe en el sentido más
lato y genérico posible", permite en cambio relacionar cada uno de los
casos singulares en el conjunto de una materia en movimiento, entender
de forma general y dinámica, que se renueva todo el tiempo pero es
siempre idéntica en su sustancia, la pura relación entre espacio
habitado y modo de vida. De aquí la afirmación, a primera vista
sorprendente, según la cual "estas distinciones de extensión o jerarquía
no interesan a la ciencia de la urbanización". Se trata ahora de la
inclusión de la vida, no en un lugar determinado, sino en el espacio
mismo, y esta inclusión o captura primaria exige a su vez una "teoría
general". Antonio López de Aberasturi observó con justeza que la palabra
urbanización "es para Cerdá sinónimo de topología humana.
Indica la relación que se establece inmediatamente entre el hombre y el
espacio, ya que desde el momento en que existe una sociedad, los
estatutos naturales de protección y de socialidad obligan al hombre a
buscar un refugio y a entrar en relación con otros refugios". Pero
¿debemos seguir a un autor ahí donde presupone como un hecho,
revistiéndolo de apariencia histórica o natural, lo que debería
explicar? Tanto valía, habría dicho Marx, presuponer desde el inicio la
urbanización. Es precisamente la relación "entre el hombre y el espacio
-tan poco "inmediata" que requiere de un nuevo vocabulario- la que aún
debe ser comprendida.
Traducción: María Teresa D´Meza .
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