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Enero del 2012


ANDREA CAVALLETTI. Mitología de la seguridad

Publicado el 2 de Enero, 2012, 13:24. en General.
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Lo que va de la ciudad a la urbe

En Mitología de la seguridad (Adriana Hidalgo), el intelectual italiano, especialista en estética y literatura, rastrea los orígenes del paradigma de control social que hoy se ha impuesto. En este fragmento analiza el concepto de urbanización

Por Andrea Cavalletti

Al comienzo de su Teoría general de la urbanización , en 1867, Ildefonso Cerdá escribía:

  • En primer lugar, me veo en la necesidad de dar un nombre a este maremágnum de personas, cosas, intereses de todo género, de mil elementos diversos que a primera vista parecen funcionar cada cual a su manera e independientemente de los otros, mientras que al observarlos con detenimiento y espíritu crítico se nota que, quizás ejerciendo uno sobre otro una acción muy directa, están en constante relación y forman, en consecuencia, una unidad.

Como es sabido, Cerdá excluye los términos ofrecidos por el vocabulario español para acuñar, en cambio, trayéndolos del latín, los neologismos que le ganaron la celebridad: urbe y urbanización . Esta feliz invención terminológica se hace necesaria precisamente para expresar una unidad entendida como campo de relaciones, algo que el término ciudad , en cambio, corría el riesgo de reducir sólo a su "aspecto material". La materia "enteramente nueva, intacta, virgen" que Cerdá quiere introducir tiene que ver no sólo con casas o calles, sino con "el organismo, la vida, por así decirlo, que anima la parte material". Ciertamente, desde el vitalismo anárquico de Piotr A. Kropotkin hasta el bergsonismo de Patrick Geddes o de Marcel Poëte y los replanteos de la biogeografía francesa o alemana, las mil variantes de la "metáfora orgánica" podrían reconducirse sin demasiadas dificultades a este principio fundamental. El surgimiento de un lugar común, sin embargo, no tiene nada de banal, y es en tal sentido que el texto de Cerdá se manifiesta como excelente banco de pruebas.

Pregúntese a un urbanista por qué se hace llamar así. Tal vez haría referencia a la Teoría general de la urbanización -texto que, por lo demás, por mucho tiempo tuvo escaso reconocimiento-, como si fuera lógico y evidente que el nacimiento del término urbanística debiera encontrarse en los primeros escritos disciplinarios; o bien, hablaría de "un problema filológico aún por explorar".

Si no fuera porque Cerdá mismo calificó de "filológicas" las razones de su propia invención. Por otra parte, se trata de una filología sui generis , usada por un autor por lo demás cauto, siempre atento a poner en claro los límites de las propias competencias lingüísticas. No será, pues, el caso de tomar sus etimologías al pie de la letra ni, por el contrario, discutirlas en el plano de cogniciones a las que él en primer lugar se declara ajeno. Más bien será preciso aclarar su necesidad, reconocer un problema ya en el recurso al "problema filológico", sin trocar la causa en efecto al aceptar un planteamiento que de hecho es en sí mismo urbanístico. Es necesario liberarse de este famoso "primer error", y de conjunto intentar atenerse a una razón específica. Quizá no baste con afirmar que la nueva disciplina, que habría surgido hacia finales del siglo XIX, se distingue "de las artes urbanas anteriores por su carácter reflexivo y crítico y por su pretensión científica". En efecto, es precisamente la "pretensión científica" de la que habla Françoise Choay -nada menos que la aparición del urbanismo como disciplina- la que aún debe ser comprendida en esto. Esta se funda en la misma invención lingüística que, en un movimiento a su vez reflexivo y crítico, permite hablar hoy de las " arts urbains antérieurs ".

La invención terminológica debe responder a razones filológicas y filosóficas por igual, o adecuarse a una materia que resulta fluida, a una ciudad hecha de intercambios y desplazamientos, imposible de contener dentro de los límites definidos por sus muros, móvil hacia el exterior. Insistir en este aspecto no debe hacer olvidar en absoluto que, "antes de la expansión moderna, la ciudad no está necesariamente cerrada (en particular en la antigüedad grecolatina); que los muros no delimitan necesariamente las ciudades sino tal vez barrios bien precisos [...]; que los límites jurídicos o religiosos determinan comunidades que, también en Occidente, no siempre coinciden con el espacio delimitado por los muros". Con mayor razón resulta significativo, sin embargo, que Cerdá se preocupara por algo que la palabra ciudad ya no podía contener, mientras que urbe es capaz de expresarlo en tanto continúa en su movimiento hacia los suburbios . Se trata de una dinámica de cualquier manera irreductible a las fronteras territoriales, que atañe no simplemente a la "parte material", sino a "la vida que la anima". Una nueva forma que el término expansión podría incluso disimular. En efecto, no se trata de la apertura de la ciudad hacia zonas periféricas ni de la relación de estas con aquella, sino de un movimiento, la urbanización, en la cual tanto la urbe como los suburbios mismos son capturados y en la cual se incluye toda relación entre ellos. No se trata de la "expansión moderna" como ampliación del espacio urbano, sino de su giro hacia una procesualidad; está en juego un flujo continuo y unitario según el cual incluso la casa más pequeña deviene "urbe elemental y originaria".

Así, el término urbanización indica

  • el conjunto de los actos que tienden a agrupar la edificación y a regularizar su funcionamiento en el grupo ya formado, así como el conjunto de principios, doctrinas o reglas que deben aplicarse para que la edificación y su agrupamiento, lejos de comprimir, desvirtuar y corromper las facultades físicas, morales e intelectuales del hombre, sirvan [...] para acrecentar el bienestar individual, cuya suma forma la felicidad pública.

Es, por lo tanto, en nombre de la vida que la nueva disciplina se opone a la reducción del espacio dentro de la rigidez de los muros. Toda la nueva materia está como animada por una tensión implícita, y desde ese momento se dará siempre una mala urbanística que no sólo es una operación diferente, más o menos errada, sobre lo habitado, sino una acción todavía débil, algo que respecto a las condiciones presentes y al bienestar deseable no urbaniza lo suficiente , y reclama así una ulterior acción urbanizadora.

Es precisamente en tal sentido que la lengua castellana le resulta a Cerdá extrañamente pobre, carente de palabras precisas. La carencia lingüística corresponde a una carencia en el plano de la urbanización en acto, y la innovación terminológica tiene un motivo polémico preciso, y una función específica: puesto que la nueva palabra no se separa de las viejas, sino que las atrae y las reorganiza; no está apartada del viejo uso lingüístico pero sobrevive si logra aferrarlo y si, arrastrando consigo la lengua, logra desencadenar uno nuevo. La urbanización no aspira, por otra parte, al propio cumplimiento así como no ambiciona distinguirse del flujo continuo de la historia emergiendo de repente en virtud de un rasgo o un tenor científico antes desconocido: más bien es un modo particular de sacar a la luz y restablecer la continuidad misma. Su gesto característico precisamente consiste en la institución de un vínculo con el pasado. La urbanización, el urbanismo como proceso, nace proyectándose hacia atrás en el tiempo como largo "desarrollo de la urbanización". Los párrafos que Cerdá dedica a los orígenes prehistóricos y a la síntesis histórica de las combinaciones urbanas, simples, homogéneas, heterogéneas o compuestas, constituyen la verdadera definición de una noción que se considera tanto más nueva precisamente en tanto habría sido "siempre la misma en su sustancia". Esta requiere por lo tanto una empresa historiográfica diferente de los cientos de historias de las naciones o de los pueblos. El urbanismo existía mucho antes de que las naciones se enfrentaran, y antes aun de que se formase pueblo alguno. Y es la habitación, ya sea gruta, cabaña o palacio, como célula urbanística primaria y como origen de la protección, la que en todo caso explica las comunidades y los pueblos, sus luchas o uniones y, en fin, las historias internas y relativas. Así, urbanización y civilización en el fondo coinciden, no son dos, sino que "son la misma cosa". Por eso la urbanización no podría descubrirse de golpe como disciplina, desprenderse del pasado gracias a sus pretensiones científicas: precisamente como ciencia, esta no se distingue de ese pasado que, vivo, continúa diferenciándose.

Rige así en la urbanística una suerte de durée , elemental pero capaz de decidir con anticipación el influjo de Bergson sobre Geddes y sobre la historia urbana de Poëte; algo que predetermina o prefigura un cierto bergsonismo difuso si bien simplificado. La ciudad geddesiana, inseparable de su evolución de la ciudad cara a Elisée Reclus, o la de la ciudad-mundo al mundo-ciudad trazada por Lewis Mumford, pertenecen al mismo umbral epistemológico de la equivalencia entre urbanización e historia planteado por Cerdá. Por otra parte, sólo este movimiento, natural e inadvertido, permite pensar hoy en términos de una "historia interna a la disciplina". Donde "interna" significa: considerada ya en una extraña visión anticipadora, en un horizonte de urbanización implícito, sólo a partir del cual aparecerán sus materiales y en cuyo interior esta podrá después, con mayor o menor agilidad, aferrarlos.

Ahora bien, precisamente la Teoría general de la urbanización , con su procedimiento centrífugo, trazando el más amplio horizonte en el tiempo y en el espacio, con su terminología tanto más precisa cuanto más vaga, tiende a la constitución de un punto de vista interno. Exactamente desde este punto de vista toda posición aún deberá retomarse y corregirse en un gesto más amplio y continuo que, tendiendo a confundirse con la vida misma, dejará descubrir por fin algo así como una "urbanística espontánea".

Cuando Cerdá recurre al neologismo urbe para "indicar simple y genéricamente un agrupamiento de construcciones", sustrae este último al ámbito limitado de la materialidad para inscribirlo en el centro de la función urbanizadora. Ciudad, villa, pueblo, lugar, aldea, feligresía, caserío, alquería, quinta son palabras inadecuadas, "destinadas a indicar las diferentes jerarquías que se forman entre los grupos de casas, según su cantidad, su importancia y extensión, y que en un tiempo denotaban también la diversidad de los modos de vida y de los privilegios [...] acordados a algún centro". Todos estos términos reducen la forma de vida a un aglomerado en particular, vinculan una y otro en una serie de esquemas prefijados y en una subdivisión preordenada. La definición de "agrupamiento en sentido genérico", de " urbe en el sentido más lato y genérico posible", permite en cambio relacionar cada uno de los casos singulares en el conjunto de una materia en movimiento, entender de forma general y dinámica, que se renueva todo el tiempo pero es siempre idéntica en su sustancia, la pura relación entre espacio habitado y modo de vida. De aquí la afirmación, a primera vista sorprendente, según la cual "estas distinciones de extensión o jerarquía no interesan a la ciencia de la urbanización". Se trata ahora de la inclusión de la vida, no en un lugar determinado, sino en el espacio mismo, y esta inclusión o captura primaria exige a su vez una "teoría general". Antonio López de Aberasturi observó con justeza que la palabra urbanización "es para Cerdá sinónimo de topología humana. Indica la relación que se establece inmediatamente entre el hombre y el espacio, ya que desde el momento en que existe una sociedad, los estatutos naturales de protección y de socialidad obligan al hombre a buscar un refugio y a entrar en relación con otros refugios". Pero ¿debemos seguir a un autor ahí donde presupone como un hecho, revistiéndolo de apariencia histórica o natural, lo que debería explicar? Tanto valía, habría dicho Marx, presuponer desde el inicio la urbanización. Es precisamente la relación "entre el hombre y el espacio -tan poco "inmediata" que requiere de un nuevo vocabulario- la que aún debe ser comprendida.

Traducción: María Teresa D´Meza .


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