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Publicado el 6 de Abril, 2009, 5:04.
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CAFÉ FILOSÓFICO 2009
Platón, Aristóteles. El mundo helenístico.
Abril 4 y 18, a las 19hs
Coordina: Carlos Liendro
blogs (donde se puede consultar material bibliográfico)
Centro Cultural UNGS
Roca y Muñoz- San Miguel
tel: 4451- 7924/25
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Publicado el 10 de Febrero, 2009, 14:37.
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Entrevista al filósofo Michael Onfray (fragmento)
Comentarios introductorios por Ferney Rodríguez
Entrevista de Luisa Corradini
Diferentes caminos han llevado a cientos de hombres y mujeres inteligentes por la opción no-religiosa. Grandes personajes fueron agnósticos como Thomas Henry Huxley, Charles Darwin, y Stephen Jay Gould, o Ateos como Richard Dawkins, Carl Sagan, Steven Pinker. Un estudio llevado a cabo por Larson y Whitam en 1998 reveló que el 93% de los científicos más eminentes de los EEUU no creían en un Dios personal, y este resultado es muy similar en los científicos del Reino Unido, según otra investigación. A pesar de lo anterior en la mente de la mayoría de las gentes el adjetivo de ateo es relacionado negativamente.
Tras la publicación en 2007 de un artículo en el diario colombiano El Tiempo sobre la comunidad no creyente de Colombia (agrupada principalmente en el foro de Escépticos Colombia), se preguntó a los religiosos su opinión sobre este sector de la sociedad, a lo cual respondieron que "ellos mantenían ideas ya superadas en el siglo pasado". Pero a pesar que los ateos son una minoría y que reciben el descrédito y el ataque de los bien financiados líderes religiosos, los ateos no son una especie social extinta. Cabe notar que la mayoría de los Premios Nobel de ciencia son ateos, al igual que la mayoría de la élite intelectual del mundo. Uno de estos intelectuales es el filósofo francés Michel Onfray.
Entrevistando al autor del Tratado de ateología
El filósofo Michel Onfray empezó su vida de forma difícil. Nació en un hogar muy pobre, y a los diez años fué abandonado por su madre en un orfanato. A los 28 años sufrió un infarto, y más tarde dos derrames cerebrales. Onfray vive de forma sencilla y alegre. Tiene bloqueada su cuenta, para recibir solo lo que recibiría de jubilación un obrero agrícola. Ve que la vida debe llevarse de manera que pesé más el ser que el tener.
Para Michel Onfray las religiones son únicamente instrumentos de dominación y de alienación. Afirma que los tres monoteísmos profesan el mismo odio a las mujeres, a la sexualidad y que detestan la libertad. Actualmente trabaja en la Universidad de Caen, Francia y es autor de 35 libros, de los cuales "Tratado de ateología" es uno de los más conocidos por el público hispano. A continuación se presenta un fragmento de la entrevista hecha por Luisa Corradini en Paris el 2007 para el diario argentino "La Nación".
Usted afirma que no fue el orfanato lo que lo convenció de que Dios no existe porque a los diez años ya lo sabía. Sin embargo, suele decir también que los adultos que creen en Dios se equivocan. ¿Qué tenía usted a los diez años que un adulto -incluso analfabeto- no tenga a los cuarenta? ¿No es un poco pretencioso de su parte?
No veo por qué debería ser pretencioso o qué es lo que yo tendría de más. Yo no hablo en esos términos. Son los suyos y es su propio juicio de valor. Para ser claro: creí en Dios mientras creía en el Papá Noel. A partir de cierta edad, todo eso me pareció irracional, sin sentido. Eso no quiere decir que fuera un superhombre o un genio precoz. Probablemente solo se trate de temperamento, de carácter inadaptado a las fábulas.
Usted escribe "los monoteísmos detestan la inteligencia". Pero entonces, ¿qué hacer con todos los genios de Occidente que practicaron alguna de las tres religiones del Libro?
Yo hablo de "monoteísmos" y no de "monoteístas". El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo. Y tampoco he dudado de la inteligencia de ciertos monoteístas cuando son inteligentes.
Dejemos a un lado la Iglesia como institución e incluso la Biblia. ¿Cómo sabe usted que, en verdad, Dios no existe? Podría perfectamente existir. ¿Cómo saberlo? ¿No cree que aceptar la duda sería una actitud más filosófica?
La duda no es filosófica, es metodológica y prepara el terreno a la solución filosófica. En otras palabras, se duda un momento en un movimiento que debe concluir en una certeza. Descartes solo utilizó la duda de esa forma. Conformarse con la duda es detenerse a mitad de camino. Además, la duda es una deshonestidad intelectual. Aquellos que reivindican la duda no tienen problemas en reivindicar la certeza de esa duda. La coherencia del escéptico debería llevarlo hasta a dejar de hablar. Un filósofo tiene la obligación de hacer llegar su pensamiento a algún lado. En todo caso, aquellos que afirman algo (por ejemplo, la existencia de Dios) son quienes deben demostrarlo. De lo contrario, bastaría con afirmar cualquier cosa (que los unicornios existen, por ejemplo), pedir a su interlocutor que pruebe que lo que uno dice es una necedad y, frente a su incapacidad para demostrarlo, concluir que lo que se está diciendo es verdad. De esa forma se podría afirmar que las mesas giran solas, que los platos voladores existen, que los horóscopos dicen la verdad.
Usted critica a "los hombres que se embriagan de ilusiones". ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: "El camino de la verdad filosófica es largo y difícil". Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior?
Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total?
Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales!
En todo caso, tengo la impresión de que la desaparición de lo sagrado no es inminente. ¿Cree usted en una humanidad sin religión?
Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.
Usted escribe: "La autoridad me resulta insoportable; la dependencia, invivible. Las órdenes, invitaciones, pedidos, propuestas, consejos me paralizan". ¿Cómo hace para organizar su relación con los demás, sobre todo con sus allegados?
Desde los 17 años, (cuando dejé mi familia para vivir sin ayuda alguna) construí mi vida a fin de tener que obedecer -¡y mandar!- lo menos posible. No me pida detalles porque tendríamos que consagrar la entrevista a esta cuestión. Digamos que es necesario evitar el matrimonio y los hijos, los honores, la riqueza y las situaciones de poder. Soy soltero, sin hijos, me importan un bledo las condecoraciones, los puestos honoríficos en instituciones universitarias. Vivo muy bien con o sin dinero, porque el dinero nunca fue una obsesión en mi vida, no soy representante de esto ni de aquello. Trato de no deberle nada a nadie. Vivo de mi pluma, y mis lectores, comprando mis libros, hacen posible esta situación social magnífica, casi una vida de rey.
Usted se declara a favor de un hedonismo del ser y no del tener. ¿Me puede explicar?
Es muy difícil en dos palabras. Digamos que todas las cosas que tienen que ver con la posesión (dinero, situación social, riquezas, propiedades, bienes habituales de la sociedad de consumo) no son un fin en sí mismas. Por el contrario, lo que depende del ser (libertad, amistad, amor, afección, dulzura, serenidad, paz consigo mismo, los otros y el mundo) constituye el ideal de sabiduría hacia el que hay que tender. Disfrutar de una cosa no presenta demasiado interés, disfrutar de un momento de sabiduría es uno de los grandes instantes de la vida.
¿Y cuál es la diferencia entre ese hedonismo y el estoicismo?
La oposición entre ambas escuelas suele ser una cuestión de universitarios. Hay que leer las Cartas a Lucilio de Séneca, el estoico. Allí hay cantidad de argumentos epicúreos. En mi libro Contra-historia de la filosofía explico cómo esta oposición entre dos sensibilidades filosóficas fueron instrumentalizadas por Cicerón con fines políticos: era necesario desacreditar a los candidatos epicúreos al Senado, y Cicerón, el estoico, los estigmatizó como voluptuosos e incapaces de ocuparse de la cosa pública. Después, el cristianismo se apoderó de esos argumentos que perduran hasta hoy.
Usted es un filósofo decididamente orientado hacia la modernidad. ¿Qué lugar reserva en su reflexión al psicoanálisis y a las neurociencias? ¿No cree que esta última esté terminando con Freud?
Tengo el proyecto de escribir un libro sobre el psicoanálisis que evitará dar poderes absolutos tanto a Freud como a las neurociencias. Rehabilitaré el psicoanálisis como un chamanismo posmoderno, precisando que el cuerpo no es una cuestión de inconsciente psíquico, sino de inconsciente neurovegetativo.
¿Está usted satisfecho de su vida? Quizás sea ridículo preguntarle a un filósofo si es feliz, pero…
¡Pero yo soy absolutamente feliz! De lo contrario dejaría de escribir lo que escribo, de enseñar lo que enseño y de dar las conferencias que doy por el mundo. A menos que fuese un estafador. Y yo sé que en filosofía también existen los estafadores.
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Publicado el 16 de Diciembre, 2008, 12:22.
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Aquiles, Heisenberg y la tortuga
 Por Leonardo Moledo
Hace unos dos mil quinientos años, Zenón de Elea, discípulo del gran Parménides, de la misma colonia griega del sur de Italia, planteó la paradoja más famosa, probablemente, de todos los tiempos: la de Aquiles que corre a una tortuga sin alcanzarla nunca; desde entonces, ha hecho correr ríos de tinta, sin olvidar los dos breves ensayos que Borges dedicó al tema.
Y es así: Aquiles, que Homero llama “de los pies ligeros” (ocus podas), es el más rápido de los guerreros griegos, y se dispone a dirimir una carrera contra una tortuga, el más lento de los animales (con excepción de los gusanos y las lombrices, pero Zenón no tenía muy presente la biología). Y bien: Aquiles, que corre diez veces más rápido que la tortuga, le da diez metros de ventaja.
Y aquí viene lo sorprendentemente paradojal: cuando Aquiles recorre diez metros y llega a donde estaba la tortuga, ésta ha avanzado un metro; cuando Aquiles recorre ese metro, la tortuga recorrió diez centímetros, cuando Aquiles los recorre, la tortuga ha avanzado un centímetro, y así, siempre que Aquiles cree alcanzarla, la tortuga está una fracción más adelante, de tal manera que Aquiles nunca la alcanza.
Es inquietante, y desafía al sentido común. Naturalmente, Zenón no sostenía que en la realidad se produjera esa carrera interminable y que verdaderamente Aquiles nunca alcanza a la tortuga. Para nada; sabemos perfectamente (y Zenón lo sabía) que sí lo hace (si no fuera así, nadie alcanzaría a nadie aunque corriera más rápido). La intención de Zenón, fiel a la escuela de su maestro Parménides, era mostrar que los fenómenos resultan ininteligibles y conducen a paradojas lógicas; así, la filosofía no debe detenerse en el mundo de las apariencias (los fenómenos), sino capturar la verdadera realidad, esto es el Ser, que Parménides había descripto como eterno, infinito, inmóvil y continuo, llevando a la incipiente ciencia griega a un callejón sin salida: si los fenómenos son aparentes, si nada puede ser analizado sin llegar a contradicciones, los primeros intentos de los filósofos de Mileto (Thales, Anaximandro, Anaxímenes) estaban condenados desde ya al fracaso; no podría haber ciencia, sino solamente metafísica.
Es comprensible, entonces, que la inquietante paradoja de Zenón (junto a las relativamente similares de la flecha y del estadio) haya sido analizada del derecho y del revés. Recién en el siglo XVII, con el advenimiento del cálculo infinitesimal por obra y gracia de Newton y Leibniz, se pudo dar una respuesta matemática al problema: el cálculo, con su capacidad de sumar series infinitas, permite, justamente, sumar los infinitos trechos recorridos por ambos contendientes, y el resultado muestra que son iguales: en medio de la Revolución Científica, Aquiles finalmente alcanzó a la tortuga; por lo menos en el terreno de las matemáticas puras.
Pero hay una vuelta interesante que se le puede dar al problema, y esta vez no en el terreno de las matemáticas, sino en el de la física. Uno de los pilares de la mecánica cuántica es el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, que establece que es imposible medir, o conocer, digamos, simultáneamente algunos pares de magnitudes, la velocidad y la posición de una partícula tal como el electrón, por ejemplo, o la energía y el tiempo (los efectos del principio de incertidumbre son absolutamente insignificantes en el mundo cotidiano; y sólo adquieren relevancia en el micromundo del átomo). Hasta el punto de que si conocemos perfectamente la posición, nada sabremos de la velocidad, y viceversa. El principio de incertidumbre es algo probado y recontraprobado en innumerables teorías y experimentos.
Ahora: como en el esquema de Zenón los dos corredores se aproximan cada vez más: un centímetro, un milímetro, un millonésimo de milímetro y así, tarde o temprano la distancia que los separa caerá dentro de las dimensiones en las que empiezan a pesar las leyes cuánticas: de tal manera que, o bien sabemos la velocidad, o bien la posición de ambos corredores; para simplificar, Aquiles: si estamos seguros de que Aquiles está detrás de la tortuga, es decir, si conocemos su posición suficientemente como para asegurar que está detrás de la tortuga, nada sabemos sobre su velocidad, con lo cual uno de los presupuestos de problema –que Aquiles corre más rápido que la tortuga– se cae, y la paradoja pierde sentido. Y si aceptamos las condiciones del problema, y nos aseguramos de que Aquiles corre diez veces más rápido que la tortuga, otra vez, por el principio de incertidumbre, nada sabremos sobre su posición, hasta el punto de que no podemos decir si está atrás o delante de la tortuga, si la alcanzó o no la alcanzó, y nuevamente la paradoja se cae.
Es un juego cuántico, una divagación sobre un problema siempre presente, una –quizá– solución de la paradoja. ¿Qué dirían el infinito Parménides, el sólido Zenón y el tremendo Meliso de Samos, que extremó las posiciones de sus maestros hasta un límite intolerable?
No lo sabemos, y la tentación de escribir “pero de todos modos, en algún sitio, Aquiles y la tortuga siguen jugando su juego eterno”. Y la tentación, ya se sabe. Oscar Wilde decía: “Puedo resistir a todo, menos a la tentación”, así que... de todos modos, en algún sitio, Aquiles y la tortuga siguen jugando su juego eterno.

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Publicado el 4 de Octubre, 2008, 23:22.
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La filosofía y una vida más fuerte que la vida
A propósito de su nuevo libro, Lógicas de los mundos (Manantial), segunda parte de su obra mayor, El ser y el acontecimiento, el filósofo francés habla del platonismo, el nuevo período de la "hipótesis comunista" que abrió Mayo del 68 y la política de Sarkozy que busca instaurar muros de miedo, como los que existen entre México y estados Unidos, y entre Israel y los palestinos. Además se refiere a lo que el hombre trasciende al hombre y comenta su frase "La Historia no existe"
Por María del Carmen Rodríguez De la Redacción de LA NACION
El arte -escribe Alain Badiou en su "Esbozo para un primer manifiesto del afirmacionismo"- "debe estar tan sólidamente ligado como una demostración, ser tan sorprendente como un ataque nocturno y tan elevado como una estrella". El tono contundente de esta afirmación es uno de los tantos con que el máximo exponente de la filosofía francesa contemporánea, orador sin par, suele sumir en el más atento de los mutismos a todos sus oyentes. Lo recuerdan, sin duda, quienes asistieron en 2003 -para atenernos sólo a los eventos locales más recientes- a sus charlas y a su seminario "El cine como experimentación filosófica" (publicado en G. Yoel, comp., Pensar el cine 1 , Manantial, 2004) o a sus conferencias de 2004, entre ellas, las dictadas en Rosario (publicadas en Justicia, filosofía y literatura , Homo Sapiens, 2007). Lo disfrutarán quienes se acerquen a escucharlo en la primera semana de diciembre, cuando Badiou nos visite para hablarnos -entre otros temas- de "Filosofía y matemática" y de "Filosofía y política", y para presentar el segundo tomo de su obra mayor, El ser y el acontecimiento (1988; Manantial, 1999), publicado en Francia en 2006 y cuya traducción, Lógicas de los mundos (Manantial), está disponible en librerías desde hace una semana.
Más allá del tono, la afirmación de Badiou con respecto al arte podría trasponerse a su propia obra filosófica, cuya novedad y cuya complejidad exigirán una lectura atenta, lápiz en mano, a los lectores deseosos de un pensamiento fuerte. En cuanto a la variedad de sus tonos y a la versatilidad de su lengua, cabe recordar que este gran filósofo cuya obra, por su sistematicidad y su consistencia, podría compararse con la de Hegel, es a la vez matemático, novelista, dramaturgo, militante de terreno y (¿por qué no decirlo?) hombre de armas tomar.
Alain Badiou nació en Rabat (Marruecos) en 1937 y pasó gran parte de su infancia y de su adolescencia en Toulouse. Se instaló en 1956 en París, donde hizo sus estudios de filosofía en la ...cole normale supérieure (allí preside hoy el Centre international d étude de la philosophie française contemporaine) y entró de lleno en las primeras manifestaciones universitarias contra la guerra de Argelia, preludio de otras tantas en las que participaría en su tenaz militancia política, entre ellas -por supuesto- las de Mayo del 68, acontecimiento en cuyas consecuencias sigue trabajando. En la etapa decisiva de su formación filosófica tuvo tres maestros: Sartre, Lacan y Althusser. Publicó dos novelas antes de 1969, año en que apareció su primer libro de filosofía, El concepto de modelo, y otra a fines de los años noventa, década en la que desplegó su obra de dramaturgo. Desde 1969 y hasta 1999 fue profesor en la Universidad de París VIII, donde se cruzó más de una vez en los pasillos con Gilles Deleuze, con quien mantuvo una relación alternativamente hostil, amistosa o evasiva sobre la cual se extiende en el primer capítulo de Deleuze, "El clamor del Ser" (1997; Manantial, 2002).
El punto de contacto y de cortocircuito entre ambos filósofos supone puntos en común nada desdeñables: ambos permanecen indiferentes al anuncio del "fin de la filosofía" y no rehúyen los desafíos de la metafísica; ambos construyen -cada uno a su modo- una filosofía potente y afirmativa, lo cual los confrontó abiertamente con un enemigo común: los denominados "nuevos filósofos" (entre ellos, Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann), mediáticos y consensuales, cuyo pensamiento Deleuze supo calificar de "nulo". Lo que los separa lleva más lejos y remite -como señala Badiou- a dos grandes tradiciones de la filosofía francesa: Deleuze es el portavoz de la tradición "vitalista", que parte de Bergson y en la que se incluyen, digamos, Foucault y Simondon; Badiou, por su parte, se enlista de buen grado en la tradición del idealismo matematizante de Brunschvicg, en la que se eslabonan también, de maneras disímiles, Althusser y Lacan. Si remontamos más lejos, basta con recordar que el proyecto de Deleuze -en la estela de Nietzsche- es "invertir el platonismo", y que Platón es, para Badiou, un referente mayor.
Que los medios galos se refieran a Badiou como "nuestro pensador faro de la izquierda radical" marca otro tono: su radicalismo afirmativo, tanto en la acción como en el pensamiento. En esas arenas lidió con otros grandes filósofos (Derrida y Lyotard, por ejemplo) que poblaron, desde los años setenta, el fecundo campo de las ideas en Francia, y que en Petit panthéon portatif ("Pequeño panteón portátil", 2008) se ven hoy cálidamente homenajeados -junto a quienes fueron sus maestros o amigos-, "elevados como estrellas" en esa constelación mallarmeana que reaparece, intermitentemente, en esta obra en que el suelo y el cielo forman más de una conjunción.
Alain Badiou concedió generosamente a adn CULTURA esta entrevista, robándole tiempo a su tiempo para responder a algunas preguntas por correo electrónico, y en el punto de llegada de cada respuesta parecía entreverse su inmensa figura cuando el campo de batalla, o la amistad, llama.
-La filosofía ¿es un campo de batalla o un campo de amistad?
-La filosofía es un enfrentamiento amistoso. Por un lado, es necesario contradecir, exponer el propio pensamiento confrontándolo con el de los otros. Por otro lado, todos los filósofos verdaderos, siempre que yo reconozca en sus escritos y en sus declaraciones la lealtad discursiva y el deseo de emancipación, son mis amigos. Los adversarios, que son los abogados del orden establecido, permanecen en la infrafilosofía, ya sea por su sujeción a las normas académicas, ya por su vasallaje ideológico. Son aquellos a quienes Platón designaba con el nombre de sofistas. Formalmente, son semejantes a los filósofos, pero subjetiva y realmente son lo opuesto.
-"Para hoy, ¡Platón!": tal es el título de su último seminario en la ...cole normale supérieure. ¿Platón está, entonces, en el orden del día?
-Puse en primer plano mi lealtad a Platón desde fines de los años ochenta. En mi Manifiesto por la filosofía [1989; Cátedra, 1989; Nueva Visión, 1990]designé mi filosofía como un "platonismo de lo múltiple". Recuerdo que un crítico -a menudo no son muy finos- había visto allí el signo de mi insondable ignorancia, porque justamente Platón -decía- es un filósofo de lo Uno... Digamos que retengo de Platón que toda filosofía verdadera es filosofía de las Formas, que la Verdad es la norma de la dialéctica y que hay que articular una lógica del ser con una lógica del aparecer. ¡Ya es mucho! Agreguemos que la lucha política contra el capital-parlamentarismo se traspone sin dificultad en una lucha filosófica contra el uso demagógico y sofístico del lenguaje, lucha iniciada históricamente por Platón. Después de todo, ya Karl Popper calificaba a Platón de totalitario, lo cual es un buen signo cuando se sabe que ésa es también la calificación de Robespierre, de Saint-Just, de Lenin, de Mao: de todo lo que la política de emancipación conoce en materia de dirigentes inventivos.
-La política, el arte, el amor y la ciencia son lo que usted precisa como "condiciones" de la filosofía. ¿Por qué (sólo) esas cuatro condiciones y específicamente ésas?
-No conozco otras. ...sos son los campos de la creación, de la invención. Son los lugares de la vida humana en los que se pueden extraer todas las consecuencias de un acontecimiento, de una ruptura en el orden ordinario de las cosas. Todo lo demás, en el fondo, es repetición. Platón ya lo había visto muy bien: con la matemática ( La República , Menón , Teeteto ), el amor ( El Banquete , Fedro ...), la política (en todos sus diálogos, pero sobre todo en La República y en El Político ) y la poesía (innumerables referencias y discusiones, sin contar las prosas poéticas que son "mitos" platónicos), la filosofía tiene todo lo que hace falta.
-¿Cuál es la relación entre la filosofía y sus condiciones?
-La filosofía intenta disponer las verdades de su tiempo, que a su vez están incluidas en los cuatro tipos a los que nos referimos, de tal modo que, en primer lugar, sean pensables como lo que son: verdades, lo cual supone la construcción de un concepto formal (filosófico) de la Verdad. Y, en segundo lugar, que sean composibles, que revelen así su copertenencia a un mismo tiempo. La primera relación es la de las verdades con el concepto de Verdad. La segunda relación discierne en la eternidad verdades de origen particular, su dependencia de un acontecimiento localizado. Finalmente, se trata siempre de la eternidad. Las verdades, aunque creadas en un momento particular, son formalmente eternas (se las piensa como dependientes de la Verdad) y son también aquello que, en el tiempo, excede el tiempo (se las piensa como composibles con otras verdades totalmente heterogéneas).
-¿Cómo pueden ser creadas en un momento particular y ser a la vez, como usted dice, universales y eternas?
-Toda verdad singular se origina en un mundo particular y se modela con los materiales de ese mundo. En su origen, la matemática se escribe en griego, un poema de Hölderlin está en alemán, una novela de Faulkner habla del sur de Estados Unidos a principios del siglo XX, la primera revolución burguesa moderna estalla en 1789 en Francia, la primera guerra revolucionaria del pueblo bajo la dirección de un partido comunista se desarrolla entre 1927 y 1949 en China, los enamorados declinan "te amo" en todas las lenguas de la tierra y se enfrentan a costumbres matrimoniales y sexuales particulares, etc. Sin embargo, lo que se construye lentamente, lo que se crea en esas condiciones, es descifrable universalmente. Una demostración de los Elementos de Euclides es hoy una demostración para cualquiera, los principales comentarios sobre Hölderlin fueron escritos por filósofos franceses, lloramos por los amores contrariados de una pareja coreana, etc. Una verdad es particular en su devenir, en su construcción; es universal en su destinación, en sus efectos a distancia del mundo en que fue producida.
-Desde el Prefacio de Lógicas de los mundos, usted opone al "materialismo democrático" una "dialéctica materialista". ¿Podría explicarnos estas dos expresiones?
-Designo "materialismo democrático" a la ideología dominante contemporánea. Se la llama alguna veces "individualismo" o "hedonismo". Con eso se quiere decir que cada quien se ocupa de sus intereses o de su "felicidad", y que tanto ese interés como esa felicidad consisten en la adquisición y en el consumo de bienes disponibles en el mercado. Todo lo demás, siempre en el marco de esta ideología, depende de la mentalidad de grupo, de la pertenencia social, de lo que se llama las "comunidades", desde la tribu familiar hasta las identidades sexuales, religiosas o nacionales, pasando por la pandilla de amigos. Traduzco esto como "no hay más que cuerpos y lenguajes", o incluso: "no hay más que individuos y comunidades". Opongo a esta ideología lo que llamo "dialéctica materialista" de la manera siguiente: ciertamente, en un sentido, es verdadero (¡soy materialista!) que en la condición humana sólo existen cuerpos y lenguajes. Salvo que hay una excepción, la excepción de un tercer término aleatorio: las verdades. Hay verdades, y pueden surgir nuevas, que no son reductibles ni a los individuos ni a las comunidades, por la sencilla razón de que son universales y, por lo tanto, dirigidas a todos. Una verdad es una excepción que, sin embargo, vale para todos sin excepción.
Lógicas de los mundos está dividido en "Libros". Al principio de cada Libro, generalmente, Badiou introduce al lector en un "mundo" (o dos) a partir del cual se despliega la arquitectura conceptual. Hay entre esos mundos (que pueden ir desde la lenta formación de una manifestación en la Plaza de la República hasta la galaxia, pasando por mundos-teatro, pinturas o poemas) episodios históricos vívidamente narrados, de tal suerte que el lector puede "asistir", de algún modo, a la revuelta de Espartaco (en 73 a. C.) o a ese acontecimiento singular que es la Comuna de París (1871), o bien entrar en el calor de la batalla de Gaugamela, en la que Alejandro destruyó al ejército persa el 1 de octubre de 331 a. C. Sin embargo, escribe: "Como René Char, puedo decir que ´la indiferencia a la historia es una de las ´extremidades de mi arco ". O incluso, más categóricamente, retomando la afirmación sobre la que se extiende en Théorie du sujet ("Teoría del Sujeto", 1982): "La Historia no existe". Le recuerdo esa frase y le pregunto:
-¿Qué hay entonces, en lugar de la Historia?
-Hay acontecimientos, secuencias, períodos... Cuando digo que la Historia no existe, pienso en la "gran" historia, en la historia monumental, en el estilo de Hegel (devenir del Espíritu) o de Bossuet (efectos de la Providencia divina). Quiero decir que no existe una totalidad histórica, y menos aún un sentido de la historia. Sólo hay fragmentos del devenir natural y humano, con momentos continuos (a los que denomino "mundos") y potentes discontinuidades (a las que denomino "acontecimientos"). Observe que, para que la historia exista, hay que suponer un desarrollo lineal del tiempo, y yo creo que no hay "un" tiempo, sino temporalidades diferentes. Eso también prohíbe hablar de una historia.
El ejemplo de la arquitectura de Brasilia, que le permite a Badiou plantear más de una cuestión teórica e introducir al lector a precisiones topológicas, le inspira también pasajes que podrían calificarse de prosa poética. Por ejemplo (¿por qué no citarlo?): "Imaginé a menudo que, cuando me disolvía, por la tarde, a través de los vanos de las ventanas de un departamento del ala sur de Brasilia, en la queda claridad del cielo, la cartografía de los signos estelares, de la que los monumentos de la ciudad parecían el calco terrestre, me anunciaban que estaba allí para siempre. El pájaro posado sobre el suelo seco, las lagunas lunares, los edificios con estilo de Niemeyer: todo me decía que, así abiertos, los fragmentos de Brasilia, al orientarme en la noche, me habían incorporado al nacimiento de un nuevo mundo". Sin citarle el fragmento, le pregunto:
-¿Qué lo atrae tanto de la arquitectura de Brasilia?
-El hecho de que la inmensidad del cielo es homogénea a la ciudad y de que el espacio urbano, en lugar de seguir el modelo de la ciudad clásica, con su centro y su periferia, intenta un espacio unificado en el que el "centro" no es más que el lugar en que se "enclavan" monumentos asombrosos. Es realmente una ciudad construida bajo el signo de la utopía comunista: todas las "partes" de la ciudad deben ser iguales, y la ciudad entera es como un pájaro gigante que muestra que los hombres, en la tierra, pueden crear su propio cielo. Dicho esto, sé muy bien que, hoy en día, la realidad social de Brasilia contradice la visión de Da Costa y Niemeyer: los pobres fueron arrojados, justamente, a ciudades satélite clásicas...
A partir de la revuelta de Espartaco, Badiou introduce, en esta obra, la idea de "punto": una revuelta o una batalla implica una serie de decisiones que hay que tomar "punto por punto". Luego la amplía: puede haber "puntos" -idea en la que se cruzan el álgebra y la ética- en todo mundo. Sin entrar en las cuestiones algebraicas que le dan consistencia a la noción, me inclino por preguntarle:
-¿Podría precisarnos el sentido de la noción de "punto" y de la expresión "sostener un punto", particularmente en lo que concierne a su alcance ético?
-Hay un punto -en la vida, en el pensamiento, en la creación o en la acción- cuando toda la complejidad del mundo se reúne, se resume, en una dualidad simple: o esto, o aquello; sí o no. Por ejemplo, cuando los nazis ocupan Francia, hay que preguntarse sin flaquear: "¿resistir, y por ende arriesgarse a la muerte, o preferir la certeza de la vida, y por lo tanto ser cómplice de los nazis?". Ese es un punto. Pero diría también: cuando se busca trabajosamente la solución de un problema matemático, hay un momento en que el proceso toma la forma: "¿sigo buscando, corriendo el riesgo del fracaso y de la labor inútil, o abandono?". Ese también es un punto. Hay una sola máxima ética: si uno se compromete en un punto, sostenerlo a toda costa. No sostener un punto es siempre traicionar una verdad.
El sujeto es siempre, en la formalización de Badiou, "sujeto con respecto a una verdad", y en el concepto de "fidelidad" se reúnen el sujeto, la verdad y el acontecimiento. Es tiempo de preguntarle:
-¿Por qué Mayo del 68 es un acontecimiento y cuáles son sus consecuencias?
-Mayo del 68 es un acontecimiento porque marca el fin, al menos en Francia, de lo que yo llamaría el "revolucionarismo clásico". Las categorías como "clases", "partido de clase", "organizaciones de masa", "dirección proletaria de las luchas", etc., encarnadas principalmente por el Partido Comunista Francés, muestran entonces que se volvieron categorías vacías. En ese momento comienza la búsqueda de otra idea de la política, de una idea de la política que no se centre en el poder de Estado, sino en la organización inmanente del pueblo mismo. También en ese momento se critica la idea de "representación" (el partido representa a la clase, los diputados representan a la gente, etc.) en provecho de una concepción más directa y más paradójica de la democracia. Por lo demás, se condena severamente a la democracia representativa o parlamentaria: centenas de miles de manifestantes gritan a coro "élections, piège à cons! " ["¡elecciones, trampa para boludos!"]. La búsqueda de nuevas formas de organización es decisiva, en particular a partir de la idea de un vínculo directo entre los jóvenes intelectuales y los obreros: comités de base, comités de acción, núcleos obreros de fábrica, etcétera... La paradoja es que todo esto se hace en gran parte en el viejo lenguaje "marxista", mientras que de lo que se trata, en realidad, es de abrir un nuevo período de la hipótesis comunista, o hipótesis de la emancipación de toda la humanidad en y por una política igualitaria. Sucede que un acontecimiento es también, justamente, eso: una novedad, o sea algo que comienza, pero también algo que finaliza, y que pone mucho tiempo en finalizar. Todavía no hemos resuelto los problemas más importantes planteados por Mayo del 68, en especial, el problema de una forma absolutamente nueva de organización política. Buscamos, experimentamos. Por eso somos aún contemporáneos, cuarenta años después, de este acontecimiento.
Si alguien no piensa en abrir un nuevo período de la "hipótesis comunista" -queda esta pregunta pendiente- es Sarkozy, para quien Mayo del 68 es uno de los símbolos de la declinación moral de Francia. En De quoi Sarkozy est-il nom? ("Sarkozy ¿es el nombre de qué?"), Badiou escribe que Sarkozy remite al trascendental -digamos, a la lógica- "pétainista" (¿hay que recordar que el mariscal Pétain, por miedo a perder el rico patrimonio francés o a caer en las fauces del ogro comunista, fue el responsable de la política colaboracionista con los alemanes en la Francia ocupada?) y que, frente al peligro de un neopétainismo de masa, hay que "desarrollar todo lo que se pueda la alianza de los sin miedo ". La pregunta es doble:
-¿Qué miedos sustenta Sarkozy? ¿Cree usted que "miedos" semejantes se propagan fuera de Francia?
-Sarkozy llegó al poder jugando con los miedos de los franceses. Miedo de los extranjeros, miedo de la juventud popular, miedo del porvenir, miedo de la guerra... Pero, al mismo tiempo, alimentaba esos miedos, incluso antes de su elección, con una política policial en el interior y sometida a los americanos en el exterior. Lo cual lo llevó a una verdadera carrera de represión de obreros de proveniencia extranjera y de la juventud de los barrios populares, represión que provocó, naturalmente, revueltas, a veces motines, de donde resulta el ciclo del miedo. Y, en el exterior, se comprometió cada vez más en las guerras americanas, especialmente en la guerra de Afganistán, sin explicar nunca a dónde lleva eso al país, de donde resulta un miedo sobre lo que puede ser justamente nuestro destino nacional. Sarkozy mantiene la confusión, porque la confusión es madre del miedo. No tener miedo es pensar la situación a la luz de algunos principios, y eso es lo que Sarkozy quiere impedir a toda costa. En ese terreno, es cómplice de los dirigentes de casi todas las naciones capitalistas avanzadas. Por todas partes se construyen muros del miedo: entre Israel y los palestinos, entre Estados Unidos y México, entre Europa y África... Por todas partes se expulsan y se prohíben masas de pobres. ¡Es un horror! Hay que construir una nueva política a partir de la idea fuerte y positiva de que hay un solo mundo, de que los obreros extranjeros son nuestros hermanos, y de que no toleraremos ni las leyes criminales contra los obreros y los jóvenes ni la creación de monstruosas desigualdades.
-¿En qué consiste la hipótesis comunista?
-A partir de la Revolución francesa se constituye poco a poco, a principios del siglo XIX, la idea de un vínculo esencial entre, por una parte, la opresión política, la existencia del Estado y la naturaleza oligárquica del poder -sea cual fuere la forma-, y, por otra parte, la propiedad privada, especialmente de los medios de producción y de los instrumentos de la circulación financiera (grandes dominios rurales, talleres y fábricas, bancos). La hipótesis comunista consiste en decir que es racionalmente posible una organización totalmente diferente de la comunidad de los vivientes humanos, una organización basada en la apropiación colectiva de la producción, la igualdad estricta, el fin de la división del trabajo (polivalencia de todos) y, en consecuencia, la ruina del Estado. De lo que se trata, en suma, es de que la especie humana se eleve por encima de la animalidad darwiniana y deje de considerar que son inevitables la competencia egoísta, la lucha de todos contra todos y la desigualdad monstruosa de las fortunas. Pensadores y hombres de acción como Marx, Lenin, Mao y tantos otros muestran que la clave del problema reside en la organización política de los dominados y en su invención de una nueva disciplina interna, invención que les permita sustraerse al poder de las oligarquías económicas y de sus representantes de Estado. Propongo decir que, sin esta hipótesis muy general como horizonte ideológico, es imposible pensar y practicar una política de emancipación.
A quien calificara a Badiou de idealista, Badiou le respondería que "vivir y vivir por una Idea son una sola y misma cosa". A quien calificara la hipótesis comunista y la idea de igualdad de "humanas, demasiado humanas", le respondería que lo que legitima a la filosofía es, antes bien, producir "formas nuevas para acoger el orgullo de lo inhumano". ¿Lo inhumano?
-¿Qué es "lo inhumano"?
-Hoy en día se llama "hombre" a un representante individual de la especie homo sapiens , considerado con su cuerpo y su cultura. Mostré en mi ...tica que esta visión de las cosas es homogénea al capitalismo mundializado, porque conduce a ver en el hombre únicamente sus intereses individuales, lo que hace que no haya más que dos posiciones posibles: la del aprovechador feliz o la de una víctima. Pero el hombre se define más bien, y sobre todo, por su capacidad para desplegarse más allá de los límites individuales, o animales, y para crear lo universal, pensamientos y realidades que valen para todos. Para hacerlo, se incorpora a procesos que no son "humanos" por sí mismos, que participan de una suerte de eternidad. Digamos, entonces, que lo inhumano es en el hombre esa parte que permite decir que la humanidad verdadera sobrepasa al animal humano, biológico o "cultural". No hacemos aquí sino reafirmar que, por cierto, no hay más que individuos y culturas, salvo que hay verdades. "Verdades" es el nombre de la capacidad del humano para definirse por un devenir inhumano, en el sentido de aquello que está más allá de la humanidad inmediata del animal humano. A aquello que es "inhumano" en tanto "más acá" de lo humano, lo llamaremos más bien bestialidad, canallada o infamia.
Más allá de la humanidad inmediata del animal humano, más allá de la finitud...
-¿Qué es "vivir en Inmortal"?
-Es vivir en el elemento de una verdad, incorporarse a un proceso creador, ya sea amoroso, político, artístico o científico. Declarar un amor y recibir su confirmación del Otro, participar con entusiasmo en una manifestación decisiva, contemplar un cuadro, comprender un teorema... Son ésos los momentos en que, para hablar como Spinoza, "experimentamos que somos eternos". La vida es, entonces, una vida más fuerte que la vida.
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Publicado el 8 de Septiembre, 2008, 1:29.
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Epicuro (341 a.C.-270 a.C.), filósofo griego nacido en la isla de Samos en el seno de una familia ateniense, y educado por su padre, que era maestro, y por varios filósofos. A los 18 años se trasladó a Atenas para cumplir su servicio militar. Después de una breve estancia, en el 322, se reunió con su padre en Colofón, donde empezó a enseñar. Sobre el 311, Epicuro fundó una escuela filosófica en Mitilene, en la isla de Lesbos, y dos o tres años después fue director de una escuela en Lampsaco (hoy, Lâpseki, Turquía). De regreso a Atenas en el 306, se instaló allí y enseñó sus doctrinas a un devoto grupo de seguidores. Como las enseñanzas tenían lugar en el patio de la casa de Epicuro, sus seguidores fueron conocidos como los ?filósofos del jardín?. Tanto las mujeres como los hombres frecuentaban este lugar, y esta circunstancia provocó numerosas calumnias sobre las actividades que allí tenían lugar. Estudiantes de toda Grecia y Asia Menor acudieron para incorporarse a la escuela de Epicuro, atraidos tanto por su carácter como por su inteligencia. Epicuro fue un autor prolífico. Según lo que acerca de su vida refirió el historiador y biógrafo del siglo III d.C. Diógenes Laertes, a su muerte dejó 300 manuscritos, incluyendo 37 tratados sobre física y numerosas obras sobre el amor, la justicia, los dioses y otros temas. De sus escritos, sólo se han conservado tres cartas y algunos fragmentos breves, incluidos en la biografía de Diógenes Laertes. Las principales fuentes sobre las doctrinas de Epicuro son las obras de los escritores romanos Cicerón, Séneca, Plutarco y Lucrecio, cuyo poema De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) describe el epicureísmo en detalle. Epicureísmo, sistema de filosofía basado sobre todo en las enseñanzas del filósofo griego Epicuro. La doctrina más conocida, pero asimismo más discutida por los modernos tratadistas del epicureísmo es que el placer constituye el bien supremo y la meta más importante de la vida. Se prefieren los placeres intelectuales a los sensuales, que tienden a perturbar la paz del espíritu. La verdadera felicidad, según enseñó Epicuro, consiste en la serenidad que resulta del dominio del miedo, es decir, de los dioses, de la muerte y de la vida futura. El fin último de toda la especulación epicúrea sobre la naturaleza es eliminar esos temores. La física epicúrea es atomista, en la tradición de los filósofos griegos Leucipo y Demócrito. Epicuro consideró que el universo era infinito y eterno y que consistía sólo en cuerpos y espacio. De los cuerpos, algunos son compuestos y otros son átomos, o indivisibles, elementos estables de los que están formados los compuestos. El mundo, tal y como es visto por el ojo humano, se nutre de las rotaciones, colisiones y agregaciones de esos átomos, que desde una perspectiva individual sólo poseen forma, tamaño y peso. En biología, Epicuro anticipó la doctrina moderna de la selección natural. Afirmó que las fuerzas naturales dan origen a organismos de diferentes clases y que sólo las clases capaces de superarse a sí mismas y reproducirse han sobrevivido. La psicología epicúrea es materialista en alto grado. Mantiene que las sensaciones son provocadas por un continuo flujo de imágenes o ?ídolos? abandonadas por los cuerpos e impresionadas en los sentidos. Considera que todas las sensaciones son fiables de una forma absoluta, el error surge cuando la sensación está interpretada de modo impropio. Cree que el alma está compuesta de pequeñas partículas distribuidas por todo el cuerpo. Epicuro enseñó que la disolución del cuerpo en la muerte conduce a la disolución del alma, que no puede existir fuera del cuerpo; y por ello no hay vida futura posible. Dado que la muerte significa la extinción total, no tiene sentido ni para los vivos ni para los muertos, porque "cuando somos, la muerte no es, y cuando estamos muertos, no somos". Las virtudes cardinales del sistema de ética epicúreo son la justicia, la honestidad y la prudencia, o el equilibrio entre el placer y el sufrimiento. Epicuro prefería la amistad al amor, por ser aquella menos intranquilizadora que éste. Su hedonismo personal mostró que sólo a través del dominio de sí mismo, la moderación y el desapego puede uno alcanzar el tipo de tranquilidad que constituye la felicidad verdadera. A pesar de su materialismo, Epicuro creía en la libertad de la voluntad. Sugirió que incluso los átomos son libres y se mueven de cuando en cuando con total espontaneidad; su idea se asemeja al principio de incertidumbre de la mecánica cuántica. Epicuro no negó la existencia de dioses, pero mantuvo con fuerza que como "seres felices e imperecederos" podían no tener nada que ver con los asuntos humanos, aunque gozaran contemplando la vida de los buenos mortales. La verdadera religión descansa en una contemplación similar por parte de los humanos de las vidas ideales de los dioses elevados e invisibles. Las enseñanzas de Epicuro fueron establecidas con tanta firmeza y veneradas de tal modo por sus seguidores, que sus doctrinas, a diferencia de las del estoicismo, su principal rival filosófico, permanecieron intactas como una tradición viva. Sin embargo, el epicureísmo cayó en descrédito en gran parte debido a la confusión, que aún persiste, entre sus principios y los del hedonismo sensual proclamado con anterioridad por los cirenaicos. A pesar de todo, la filosofía epicúrea tuvo muchos discípulos distinguidos: entre los griegos el gramático Apolodoro y entre los romanos el poeta Horacio, el estadista Plinio el Joven y sobre todo el poeta Lucrecio. El poema De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) de Lucrecio es la principal fuente de conocimiento del epicureísmo. Desapareció como escuela a principios del siglo IV d.C. Fue reactivada en el siglo XVII por el filósofo francés Pierre Gassendi. Desde entonces, el epicureísmo ha atraído a numerosos seguidores y se considera una de las escuelas de filosofía y ética más influyentes de todos los tiem. Otros datos de interés. Su filosofía:La filosofía de Epicuro puede ser claramente dividida en tres partes, la Canónica, que se ocupa de los criterios por los cuales llegamos a distinguir lo verdadero de lo falso, la Física, el estudio de la naturaleza, y la Ética, que supone la culminación del sistema y a la cual se subordinan las dos primeras partes. Antes de examinar cada una de estas partes podemos afirmar que la filosofía de Epicuro, en líneas generales, se caracteriza por situarse en el lado opuesto a la filosofía platónica: afirma que no hay más que una realidad, el mundo sensible, niega la inmortalidad del alma y afirma que ésta, al igual que todo lo demás, está formada por átomos, afirma el hedonismo en la teoría ética y como modo de vida y rechaza el interés por la política y, frente a la reestructuración de la sociedad que, afirmaba Platón, era el objetivo del filósofo, prefiere un estilo de vida sencillo y autosuficiente encaminado a la felicidad en el que la amistad juega un papel fundamental. Veamos ahora con más detalle cada una de las partes de la filosofía de Epicuro: A) La canónica. La canónica es la parte de la filosofía que examina la forma en la que conocemos y la manera de distinguir lo verdadero de lo falso. Según Epicuro la sensación es la base de todo el conocimiento y se produce cuando las imágenes que desprenden los cuerpos llegan hasta nuestros sentidos. Ante cada sensación el ser humano reacciona con placer o con dolor, dando lugar a los sentimientos, que son la base de la moral. Cuando las sensaciones se repiten numerosas veces se graban en la memoria y forman así lo que Epicuro denomina las "ideas generales" (diferentes a las platónicas). Para que las sensaciones constituyan una base adecuada, sin embargo, deben estar dotadas de la suficiente claridad, al igual que las ideas, o de otro modo nos conducirán al error. Diógenes Laercio, además de las sensaciones, los sentimientos y las ideas generales, menciona un cuarto proceso de conocimiento: las proyecciones imaginativas, por las cuales podemos concebir o inferir la existencia de elementos como los átomos, aunque éstos no sean captados por los sentidos. Todos esos aspectos, sin embargo, son sólo los principios que rigen nuestro modo de conocer la realidad. El resultado de su aplicación nos lleva a concluir la concepción de la naturaleza que se detalla en la física, segunda parte de la filosofía epicúrea. B) La física. Según la física de Epicuro toda la realidad está formada por dos elementos fundamentales. De un lado los átomos, que tienen forma, extensión y peso, y de otro el vacío, que no es sino el espacio en el cual se mueven esos átomos. Las distintas cosas que hay en el mundo son fruto de las distintas combinaciones de átomos. El ser humano, de la misma forma, no es sino un compuesto de átomos. Incluso el alma está formada por un tipo especial de átomos, más sutiles que los que forman el cuerpo, pero no por ello deja el alma de ser material. Debido a ello, cuando el cuerpo muere, el alma muere con él. Con respecto a la totalidad de la realidad Epicuro afirma que ésta, como los átomos que la forman, es eterna. No hay un origen a partir del caos o un momento inicial. Tal y como leemos en la Carta a Herodoto: "Desde luego el todo fue siempre tal como ahora es, y siempre será igual." Toda esta concepción atomista procede claramente de Demócrito, pero Epicuro no duda en modificar la filosofía de aquel cuando le conviene, pues no quiere aceptar el determinismo que el atomismo conllevaba en su forma original. Por ello introduce un elemento de azar en el movimiento de los átomos, una desviación de la cadena de las causas y efectos con lo que la libertad queda asegurada. Este interés por parte de Epicuro en salvaguardar la libertad es fruto de la consideración de la ética como la culminación de todo el sistema filosófico al cual se han de subordinar las restantes partes. Estas son importantes tan sólo en la medida en que son necesarias para la ética, tercera y última división de la filosofía. C) La ética. La ética, como ya se ha dicho, es la culminación del sistema filosófico de Epicuro: la filosofía como el modo de lograr la felicidad, basada en la autonomía o autarkeia y la tranquilidad del ánimo o ataraxia. En la medida en la que la felicidad es el objetivo de todo ser humano, la filosofía es una actividad que cualquier persona, independientemente de sus características (edad, condición social, etc.) puede y debe realizar. Para exponer la ética de Epicuro podemos fijarnos en dos grandes bloques. Por un lado todo aquello que su filosofía pretende evitar, que es, en definitiva, el miedo en sus diversos modos y maneras, y por otro lado, aquello que se persigue por considerarse bueno y valioso. La lucha contra las diversos miedos que atenazan y paralizan al ser humano es parte fundamental de la filosofía de Epicuro; no en vano, ésta ha sido designada como el "tetrafármaco" o medicina contra los cuatro miedos más generales y significativos: el miedo a los dioses, el miedo a la muerte, el miedo al dolor y el miedo al fracaso en la búsqueda del bien: - El miedo a los dioses es absurdo, nos dice Epicuro, pues éstos en nada intervienen en los asuntos humanos y no se mueven por la ira ni la cólera ni tantos otros sentimientos que comúnmente se les atribuyen. Por el contrario, los dioses deberían ser un modelo de virtud y de excelencia a imitar, pues viven en armonía mutua manteniendo entre ellos relaciones de amistad. Exhortaciones"La necesidad es un mal, pero no hay necesidad alguna de vivir con necesidad". "Nadie, al ver el mal, lo elige, sino que se deja engañar por él, como si fuera un bien respecto a un mal peor". "Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco". "Lo insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que la panza necesita hartura infinita". "Todo el mundo se va de la vida como si acabara de nacer". "Quien un día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día". "El que menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él". "También en la moderación hay un término medio, y quien no da con él es víctima de un error parecido al de quien se excede por desenfreno".
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Publicado el 3 de Septiembre, 2008, 14:46.
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Entrevista al filósofo argentino radicado en España Nicolás Alberto González Varela
Nietzsche y la política
López Arnal: Déjeme preguntarle, básicamente, por dos autores, por Nietzsche y Heidegger, a los que su suele tildar de irracionalistas. Antes de ello, una precisión conceptual: ¿cuándo una filosofía puede ser denominada "irracionalista"?
González Varela: Más que irracionalista podemos decir que a inicio del siglo XIX en Europa se desarrolla una "reacción" (no sólo al nivel filosófico), reacción en varias etapas distintas y perfectamente visibles, que intenta a través de varias vías introducir formas intuitivas, vitalistas, naturalistas, incluso el mito en la forma y el modo en que accedemos al conocimiento. Yo no hablaría de irracionalismo sino de anti o contrarracionalistas. Las causas son múltiples pero todas tiene que ver con una respuesta al modernismo, a la secularización, al surgimiento de la "cuestión social" y, a largo plazo, un gesto anti 1789 y contra la Ilustración. Quizá el caso Heidegger habría que contextualizarlo de manera distinta, pero es parte de ese gran mainstream político-ideológico.
L.A: ¿Por qué Nietzsche es un filósofo tan importante en la actualidad? Para algunos acaso el más importante, el más grande filósofo de la modernidad.
G. V. La importancia de Nietzsche, su fama y puesta de moda, en la institución académica (una paradoja para un autor que aborrecía al "profesor de filosofía" y a la academia burguesa in toto) es reciente. Podemos fijar fecha: después de 1945 Walter Kaufmann lo ha rehabilitado y santificado para el mundo anglosajón; los libros de Gilles Deleuze le dieron el bautismo institucional en Europa (y el necesario guiño desde la industria filosófica parisina) y lo terminó de "legitimar" la deconstrucción, el posmodernismo y el neopragmatismo. El Nietzschéisme era ya un fenómeno de literatos, artistas y poetas a fines del '800, pero sin el prestigio de ser reconocido como filósofo digno de la universidad burguesa. Nietzsche tuvo que esperar para figurar en el panteón de los autores respetables. La importancia de Nietzsche, su "suerte" y los derroteros de su recepción (siempre acrítica), cobra importancia a partir de que es "reconocido" como propio por la academia (=estado), incorporado a sus planes de enseñanza (mientras, por ejemplo, Marx no), masificado, edulcorizado y finalmente reducido a una "Vulgata". La fecha concreta en que emerge el Nietzschéisme se encuentra, en cada país (España será diferente a Argentina, etc.)en el momento en que la posición de los textos canonizados (y convenientemente expurgados de cargas histórico-políticas) de Nietzsche llegan a establecerse en el mundo académico y, en lo sucesivo, es percibido como académico por toda una nueva generación de poetas, pintores y músicos. La institución y los medios culturales luego simplemente (re) producen el rizo ideológico. Como autor popularizado es parte integral (como Heidegger) de la ideología posmoderna, y muchas de sus conclusiones más feroces subyacen a los preceptos del capitalismo global. Que se le considere el más grande filósofo de la modernidad es una paradoja insólita: Nietzsche fue en realidad (y esta sí es su grandeza) el filósofo más genial de la antimodernidad. No hay más que leerlo.
L.A: Se ha afirmado en ocasiones que la filosofía del autor del Also sprach Zaratustra está en la base de opciones políticas muy conservadoras. Del nazismo, por ejemplo. ¿Tiene sentido para usted una afirmación así?
G.V: Por supuesto, pero el sentido no lo he colocado yo. Tiene el sentido que le dan las propias palabras de Nietzsche, sólo hay que saberlo leer bien, leerlo lento (¡como un filólogo!), como él exigía de sus potenciales lectores. Nietzsche fue siempre un reaccionario, desde joven, gran admirador de Napoleón III y Bismarck, opuesto a la campaña abolicionista en la guerra de Secesión entre el Sur y el Norte en EEUU, fanático prusiano, wagneriano militante (ya hay que sopesar lo que significaba en esa época ser mano derecha de Richard Wagner), abanderado de la aristocracia natural y la figura del Genio, enemigo a muerte de la democracia y el sufragio universal, contrario a la liberación de la mujer, exaltador de la guerra como medio de purificación y cura de las razas, defensor del estado militar (pedía un golpe militar contra Alemania por el exagerado peso de los socialistas) y la institución de la esclavitud, odiaba todo lo que representaba la Gran Revolución Francesa, a Rousseau y Hegel, anti socialista y anticomunista (basta ver las "marcas" de las revoluciones de 1848 o de la Commune de 1871 en sus textos, fragmentos y cartas), etc. Más que conservadoras, diríamos que sus posiciones son "reaccionarias". Tenemos además su admiración por pre fascistas como Paul de Lagarde o Gobineau (en quien admiraba hombre y obra). Pero aquí ocurre un síntoma: el gremio de filósofos estatales se niega a leer literalmente a Nietzsche, ni reconocer que sus tesis anuncian al fascismo y al nacionalismo. Se niegan a leer a Nietzsche tal como Nietzsche hubiera deseado. Llamar a la filosofía política de Nietzsche un aristokratischen Radikalismus, "radicalismo aristocrático", (término que el propio Nietzsche aceptaba de su primer biógrafo y divulgador Georg Brandes) es hoy un grito en el desierto, un escándalo, ir contra corriente, enfrentarse al poder de la filosofía como institución, no seguir la moda marcada en París, verse aislado (de colegas y recursos), en algunos casos no poder investigar o publicar. Mientras los grandes historiadores sociales o de las ideas (pienso en Eric Hobsbawm, Norbert Elias, Arno Mayer, Zeev Sternhell o Ernst Nolte), no tienen ningún inconveniente ni tabú en "situar" a Nietzsche en la gran corriente reaccionaria que desembocará en el fascismo europeo. Parece que entre gremios académicos la calibración de época del pensamiento nietzscheano es diametralmente opuesta. Ahí algo está sucediendo, es síntoma de problemas, señala un obstáculo ideológico profundo.
L.A. ¿Por qué muchos autores críticos con el pensamiento racionalista, con la ciencia, se inspiran en su filosofía?
G.V. Parte enorme de la fascinación que ejerce Nietzsche (y esta fascinación como una cobra que nos hipnotiza es la que ha dado pié a tantas malas lecturas)se debe a su estilo y al objeto de su Kulturkritik, la modernidad burguesa. Esa crítica, mal contextualizada, fuera del ámbito y las referencias externas para lograr una adecuada situación hermenéutica, nos parece muy "familiar" a las que podría realizarse desde un pensamiento progresista o de izquierdas. Se han vulgarizado determinados topos nietzscheanos, se canoniza un par de textos y una determinada parte de su evolución intelectual, y ya tenemos un Nietzsche irreal y ad usum delphini. ¿Quién no podría estar de acuerdo en criticar a los "especialistas" académicos, o a la moral de la religión cristiana? ¿Quién no celebra su ataque al excesivo racionalismo, a la división del trabajo, al parlamentarismo, a la clase política? ¿A qué intelectual no le suena a música de ángeles el discurso sobre la decadencia y la crisis de los valores? ¿A qué literato o artista no le agrada escuchar que la cultura es beneficio exclusivo de los mejores? Muchos han tomado a la ligera estas críticas reaccionarias (sin de-construir sus presupuestos ontológicos) pensando en que podrían subvertir el cientificismo y el positivismo. El ataque de Nietzsche al racionalismo "socrático", que degenera y enferma a Occidente (dentro del cual laten entre otros el socialismo) es "nihilista" ("todo" es interpretación incluso en las ciencias duras) y por eso es imposible fundar una epistemología alternativa desde los presupuestos nietzscheanos: voluntad de poder, uno primordial y el eterno retorno. Es difícil desarrollar, aún desde el punto de vista del Nietzschéisme, una crítica productiva a los límites y obstáculos de la racionalidad moderna desde la lucha eterna entre un instinto de decadencia y un instinto de ascensión. El propio Stil de Nietzsche, ajeno a la argumentación (¡Nietzsche está incluso contra el silogismo!)y forzada a la concisión y extrema libertad literaria del aforismo, hace que sea una tarea imposible. Lo saben los que trataron de desarrollarla o al menos explicarla. Lo único que queda en Nietzsche con ciertos aires de cientificismo es su crítica a ciertas formas de historicismo.
L.A. Contra el silogismo. ¿Una filosofía alógica o antilógica? ¿Qué puede significar filosóficamente una posición de esas características?
G.V. ¿Cómo poner en el filo de la Kritik a la decadencia de Occidente dos mil años de historia y de falsa conciencia? La única posibilidad es ir más allá de la esfera socrático-cartesiana conceptual y conciente. No pueden usarse instrumentos lógicos heredados de la bárbara Modernidad (que incluye al propio Aristóteles). Se debe aferrar el "sentido" de la vida en su orden jerárquico natural y transmitirlo a los mejores. ¿Cómo hacerlo? Nietzsche intenta, primero a través de su propio estilo (anti sistémico y anti ensayístico, en forma y contenido), luego a través de un método de antisilogismo radical. La hipótesis de Nietzsche es que los hombres inferiores ("escasos de fuerza vital", Untermensch) tienen necesidad, por su simpleza e idiotismo, de "la lógica, la inteligibilidad abstracta de la existencia, porque la lógica tranquiliza e inspira confianza". Para comprender esta pasión por el silogismo y la deducción cartesiana, dice Nietzsche, "basta fijarse en los anarquistas". Los Übermensch, los superhombres, "el ser cuya exuberancia es mayor", el hombre dionisíaco, no necesita de este género de deducción (que "disipa el temor"). Al tradicional silogismo (en alemán: Schluss) Nietzsche le superpone el "silogismo retrógrado" o refluente (Rückschluss)como método de indagación que permite superar la lógica tradicional: "se trata de deducir de la obra su autor, del hecho quien la ha realizado, del 'ideal' aquel para quien es una necesidad, y de cualquier manera pensar y de juzgar las cosas a la necesidad a que responde". El "silogismo retrógrado" permite combinando fisiología, psicología e historia, llegar a lo que Nietzsche llama "interpretación", el martillo del crítico contra la Modernidad. El alogiicismo de Nietzsche es una elección consciente, apoyada en el diagnóstico milenario que la mediación conceptual, la "escolástica de los conceptos", la cadena de demostraciones está viciada hasta la médula (carece de todo valor para el "partido de la vida") y la relación ser y pensamiento se basa en captura la "estructura del alma", en un nexo misterioso entre interprete e interpretado. Es una discusión y exploración del intento de ruptura epistemológico de Nietzsche que nos llevaría todo un libro.
L.A. En la misma línea, ¿por qué el postmodernismo ha bebido tanto en esa fuente filosófica
G.V. El postmodernismo fue (y es) la lógica del capitalismo tardío (sociedad postindustrial o de consumo, sociedad de los medios de comunicación o del espectáculo, o el capitalismo multinacional, fin del welfarismo, decadencia de pax americana) del postcapitalismo, del capital después de la caída del stalinismo, la cobertura del "fin de la historia". Su acta de nacimiento es el fracaso del '68 en Europa. Es un complejo de autores, con obras disímiles, más que una escuela o corriente de pensamiento. El inconsciente político del postmodernismo, al que Jameson denomina en su bello libro "lógica cultural del capitalismo tardío", se asienta sobre dos autores polémicos: el reaccionario Nietzsche y el nacionalsocialista Heidegger. Básicamente, y este "método" puede verse en el mismo Nietzschésime, el posmodernismo es una nueva superficialidad, que se prolonga tanto en la "teoría contemporánea" como en toda una nueva cultura de la imagen o del simulacro. El debilitamiento de la historicidad (o su aniquilación y canalización), tanto en nuestra relación con la historia oficial como en las nuevas formas de nuestra temporalidad privada. La expurgación de Nietzsche de todo nexo con la historia real o la subestimación del contexto en sus lecturas, no es más que postmodernismo hermenéutico. El postmodernismo es además un nuevo "subsuelo emocional" (Jameson), fundado sobre lo que Jameson llama "intensidades" y que recupera el sentimiento de lo sublime, el "alma bella" establecida por la estética neorromántica. Aquí basta repetir la crítica de Hegel al reaccionario Schelling para comprender la vuelta atrás en lo que se refiere a la relación entre ser y pensamiento. Cuando el Nietzschésime se enoja y alaba en sus escritos conceptos abstractos y no-mediados, "Vida", "Hombres Libres", "Cultura", no sóloe stá abusando y mutilando al Nietzsche real sino que estamos en presencia de postmodernismo práctico. Profunda afinidad electiva, diré también "funcionalidad", relaciones constitutivas entre el postmodernismo con un nuevo sistema de economía mundializada, lo llamaremos "postfordista" y su nueva forma estado.
L.A. ¿Es cierto que el pensamiento real de Nietzsche fue manipulado por su hermana y por su cuñado, y que, por tanto, esa línea de interpretación conservadora es externa a su obra?
G.V. El "complot" de Elisabeth: toda una serie de biógrafos, comentaristas y scholars repiten sin descanso el aparente papel nefasto de su hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, que habría inventado o manipulado el proyectado libro "Der Wille zur Macht"( "La Voluntad de Poder"), de manera de transformarlo en uno de los pendants ideológicos del IIIª Reich. Una mujer poco dotada intelectualmente, con una formación básica, deviene la inspiradora entre bambalinas de un movimiento político de masas y de una geopolítica racial que desembocará en la Segunda Guerra Mundial. Quizá el autor más conocido que sostiene esta leyenda (y que nos cae simpático) es Georges Bataille, quién afirmaba en 1937: "El judío Judas traicionó a Jesús por una suma de dinero nimia: después de eso, se colgó. La traición de los familiares de Nietzsche no tuvo la consecuencia brutal que tuvo la de Judas, pero resume y termina de volver intolerable el conjunto de traiciones que deforman la enseñanza de Nietzsche (que la colocan a la altura de las pretensiones de más corto alcance de la fiebre actual). Las falsificaciones antisemitas de la señora Förster, su hermana, y del señor Richard Oehler, primo de Nietzsche, tienen además algo que es más vulgar que el comercio de Judas". Esta leyenda hagiográfica se sigue repitiendo, con variaciones y pequeñas diferenciaciones estilísticas, hasta nuestros días. A contrariis Elisabeth hizo todo lo posible por presentar a Nietzsche como un crítico del germanismo a ultranza ya desde su piadosa biografía, "Das Leben Friedrich Nietzsches" (1895-1904): allí presenta a Nietzsche como paradigma del "buen europeo por excelencia", llegándolo a comparar en personalidad político-histórica con el presidente de los EEUU de entonces Theodore "Teddy" Roosevelt (por cierto: algunos me reprochaban en su crítica que "dudo que alguien haya considerado a Nietzsche un buen europeo": bueno aquí lo tienen) y en un intento apologético trata (sin lograrlo: ahí están los textos) de separarlo de la judeofobia y el teutonismo que emanan de sus escritos. ¿Y Elisabeth como editora traidora al espíritu de Nietzsche? Lo irónico es que si contrastamos la edición del "Nietzsche Archiv" de "La Voluntad de Poder" con los textos correspondientes de los escritos póstumos, podemos llegar a la conclusión opuesta que sostiene la hagiografía dominante. Contra la leyenda de la hermenéutica de la inocencia, Elisabeth "interpreta" al filo de la censura pasajes demasiados embarazosos e incluso trata de incluir "comentarios positivos" sobre intelectuales judíos (como Heine, Offenbach, Mendelshon, Rahel Varnhagen) para intentar balancear los fragmentos póstumos. Elisabeth protege y feminiza los textos, habla de su hermano como "el genio más noble", "el héroe". Y le doy a los nietzscheanos un ejemplo: comparen el parágrafo § 872 de la edición supuestamente "nazificada" por Elisabeth de 1901 con los fragmentos póstumos y verán el manto de piedad sobre las terribles afirmaciones de Nietzsche sobre la negación del derecho a la existencia de pueblos débiles. Especialistas serios y filonietzscheanos (por ejemplo Mauricio Ferraris) han llegado a la conclusión que la edición de Elisabeth no ha modificado ni distorsionado en profundidad los fragmentos como para comprometer la lectura y la interpretación. Sin su trabajo de "propaganda" y su energía inagotable, hoy no conoceríamos nada de la obra nietzscheana. Acta est fabula.
L.A. ¿Qué hay detrás de una noción como la de superhombre, del Übermensch? ¿Son sus valores los del ser humano de la futura liberación?
G.V. "Superhombre" como concepto en Nietzsche aparece por primera vez al público en "Also spracht Zarathustra" (escrito entre 1883–85), en la parte 3 del Vorrede: "Ich lehre euch den Übermenschen", aunque ya lo nombra en manuscritos (Menschliches, Allzumenschliches, de 1878). Se trata de la traducción al alemán del propio Nietzsche del término "homme supérieur" (hombre superior) sacado de los escritos del filosofo naturalista francés Claude Adrien Helvétius. El concepto en realidad re elabora otros conceptos nietzscheanos aristocrático-naturalistas anteriores: Genio, hombre trágico, hombre Schopenhauer, espíritus libres, buenos europeos. En esto, como en otras palabras-faro, la continuidad de Nietzsche es asombrosa. Übermensch, como el aristócrata elegido por misterio selección de la Naturaleza, aparece en el libro enfrentado al "último hombre" (producto de la Modernidad), el Üntermensch (así llamarán los nazis a los pueblos inferiores del Este) y a la Canalla (las masas inferiores). No son los valores de "todos" los seres humanos, ¡en absoluto!, expresa el polo de una lógica de combate perpetuo entre la elite y la masse, la raza de los aristócratas, los más fuertes, los que llevan la pulsión del genio. La diferencia entre estos aristócratas y los "superfluos" (Überflüssigen) es abismal, una escisión inabarcable, una cesura que no puede cerrar ninguna religión, ninguna moral, ni siquiera el comunismo: "¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el Superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa". El hombre superfluo, el hombre común – que Nietzsche llama con ironía "los demasiados" (die Viel-zu-Vielen– es una simple cuerda "entre el animal y el Superhombre". El "aristocrático pensamiento de fondo de la Naturaleza" es el que exige, para el mantenimiento de la verdadera vida y la auténtica cultura, la "victoria del mejor y el más fuerte". El Übermensch es la resultante, simple y natural, del "Rangordnung" (orden jerárquico) generado por la lucha por la existencia. El elitismo reaccionario y anti ilustrado es un elemento central, que ejerce como punto de gravedad y además permanente: podemos distinguir la diversas fases del pensamiento político nietzscheano siguiendo la evolución: 1) la etapa del genio, cómo generarlo, descubrirlo y cultivarlo; 2)la celebración de los Señores como "espíritus libres" y "buenos europeos"; 3) el Übermensch como celebración del superhombre y de su natural disposición a la jerarquía. Nietzsche aclara el concepto en su escrito autobiográfico "Ecce Homo": Superhombre es "Superespecie" (über-Art). Por supuesto es un término político al máximo. En su correspondencia privada Nietzsche no deja lugar a dudas de su contenido racial-biológico, apoyando su concepto en pseudocientíficos darwinistas como Spencer, Haeckel, Zöllner, Bagehot, Galton, Lombroso e incluso Gobineau (otro inspirador del fascismo europeo). Una curiosidad: en la traducción más conocida, la de Sánchez Pascual (que es muy minucioso y obsesivo), un término tan polémico como Übermensch ¡carece de nota aclaratoria!, mientras se reproducen citas sobre aspectos superfluos o cuestiones menores. El paroxismo del ridículo se lo lleva sin lugar a dudas el filósofo posmoderno Vattimo, uno de los traductores de Nietzsche al italiano, quién intenta exorcisar-forzar el término Übermensch e intenta traducirlo como ¡Ultrahombre! Finalmente una anécdota poco conocida que demuestra hasta qué punto el pensamiento del Nietzsche maduro se imbricaba con el nacionalsocialismo: A fines de 1940 llega a la municipalidad helvética del pequeño poblado de Sils-Maria una peculiar delegación oficial del Dritte Reich, el imperio milenario de Hitler que domina toda Europa. La misión diplomática, agobiada de portaplanos y cartapacios, es encabezada por negros uniformes de las SS y han viajado hasta ese rincón alejado de la neutral Suiza con la tarea de tramitar una empresa espectacular, magnífica y aria: erigir una estatua de mármol de Carrara (al estilo Miguel Ángel) del filósofo oficial del régimen, Friedrich Wilhem Nietzsche. El portento tendría una altura de siete metros, se construiría en la plaza central, delante del albergue alpino, la famosa casa Durisch, "mi perrera ideal" como le llamaba el filósofo, que era el lugar real donde había escrito, entre el 26 de junio y el 6 de julio de 1883 la segunda parte de "Zarathustra"". El "SS-Staat" en el cenit de su meteórica carrera hacia el derrumbe, señalaba un doble homenaje: por un lado, al autor, el "Führer" filósofo, cuyas frases adornaban, por orden de Himmler, las agencias y oficinas de las SS; por el otro a la obra en sí, pero en especial a la segunda parte, que destacaba la darwiniana "Wille zur Macht" y la aparición textual de los "Superhombres", los "Übermensch", como proyecto político-racial a fundar científicamente. En la base del pedestal de la magnánima estatua figuraría, en bruñido bronce, la frase del canto "De la superación de sí mismo", que sentenciaba: "Mandar es más difícil que obedecer". Como finalizó la guerra, el monumento jamás se construyó…
L.A. El eterno retorno, ¿es una especulación metafísica o responde a una idea que tiene una base en conocimientos físicos y matemáticos?
G.V. En realidad es uno de los conceptos menos elaborados por Nietzsche, que fue remarcado como central por Karl Löwith y Heidegger. Vattimo, volvemos a este interprete y traductor al italiano de Nietzsche, encuentra al concepto "enigmático". Sabemos porqué: el enigma es vaciarlo de todo nexo con el mundo histórico-social y, además, extirparlo de su raíz naturalista. Sólo es comprensible si se lo subsume a su Kritk reaccionaria a la visión unilineal del tiempo, al Principio Esperanza y a la revolución. Löwith había intuido algo cuando demostró que en éste concepto Nietzsche culminaba con un impasse, un falso paso, en la tentativa de reconstruir en la clausura de la modernidad, una concepción del tiempo (y del Ser) precristina, griego-arcaica. Heidegger, desde la visión völkische vecina al nacionalsocialismo lo ve más claro: el eterno retorno no tiene nada de metafísico, ni es una ética: es un "evento" en la historia del Ser. Pero volvamos a Nietzsche. La interminable degeneración, el Untergäng de Occidente, que incluye el fin de lo trágico y el ciclo revolucionario de ilotas, campesinos, esclavos negros y obreros socialistas, sólo puede ser eficazmente contrarrestado y anulado si se refuta para siempre la ideología que lo re alimenta desde Sócrates. Una es la visión moral del mundo, que denigra el orden natural y la jerarquía del mundo, denigra y deslegitima la aristocracia natural; el otro elemento clave es la visión y el concepto del tiempo. Ya su maestro, el filósofo reaccionario Schopenhauer, había denunciado a los socialistas por su visón de "fe en el mundo" para ganar a las masas y llevarlas a la acción revolucionaria. Nietzsche sigue sus pasos: si la visión moral-revolucionaria del mundo viene contrastada mediante la tesis de la inocencia del devenir, la visión unilinear del tiempo puede ser refutada mediante la tesis del eterno retorno de lo idéntico. La ideología socrático-hebrea-cristiana-socialista del devenir infinitamente nuevo es una contradicción, porque "presupone una fuerza creciente hacia el infinito". El concepto de "Eterno Retorno" (Nietzsche en realidad utiliza dos términos: ewige Wiederkunft y ewige Wiedekehr) tiene orígenes variados, desde las influencias de la ya olvidada Naturphilosophie, los materialistas vía el manual de Lange (en especial su capítulo sobre Lucrecio), la cosmología de Auguste Blanqui (¡sí, el revolucionario francés!) y el psicólogo reaccionario Gustave le Bon (que también inspiraría la psicología de las masas de Freud). Nietzsche retiene cuatro argumentos basados en hipótesis científicas: 1) la constancia de la fuerza o energía del universo (conservación de la materia); 2) la finitud en el posible número de combinaciones de elementos de la naturaleza; 3) la infinitud del tiempo; 4) principio de selección. Son, según los especialistas, tesis amateurs y populares de la biología, la química y la física de la época. La evolución del universo repite indefinidamente las mismas fases y recorre eternamente un círculo vicioso inmenso. La idea no era original de Nietzsche, por así decirlo "estaba" en el ambiente escolar de las ciencias naturales y en el neodarwinismo. Ya en "La Gaya Ciencia" Nietzsche no renuncia a darle una "consagración" científica a su hipótesis reaccionaria (en el aforismo 109) preguntándose que hay que protegerse de la idea que el mundo puede crear algo "nuevo". En una época de su vida Nietzsche se propone, en un plazo de diez años, consagrar su vida a estudiar ciencias naturales (en Viena o en París) para tratar de dar una base científica más amplia a su intuición. No tardó en renunciar a éste proyecto por diversas razones, una de las cuales era la imposibilidad, como el deseaba, de fundar su sistema en la teoría atómica (en esa época subdesarrollada). El eterno retorno, contra la interpretación de Deleuze, es la forma más extrema de nihilismo y la "coronación" de la hipótesis del Übermensch… Un esbozo del "eterno retorno" se encuentra en el aforismo 341 de la "Gaya Ciencia", pero realmente su nexo lógico se articula en el contexto de las enseñanzas del Übermensch, del superhombre. Si "Así habló Zarathustra" es el quinto evangelio (había sido escrita como una anti-Biblia), las Tablas de la Ley que enseña Nietzsche a la humanidad es la hipótesis del "Eterno Retorno", la gran idea de Zarathustra y que fue una gran conmoción personal para sí mismo. Durante un período estuvo poseído de un horror sagrado ante su descubrimiento atroz. Los filósofos académicos toman su tesis como un ejercicio de ensayo o un gorgojeo metafísico, cuando la conclusión ontológica es terrible: el mundo no significa nada, es obra de una ciega y jerárquica fatalidad, no hay evolución ni progreso y la humanidad no conduce a nada sino que prosigue indefinidamente recorriendo el mismo círculo (e intentando resolver el mismo problema: la voluntad de poder). Contra los nietzscheanos, Nietzsche era un filósofo de verdad, "vivía" sus teorías y él sabía que se necesitaba ser muy reaccionario, demasiado "inactual" para soportar el espanto y la inhumanidad de la tesis del "Eterno Retorno". Se trata de "olvidar" los Evangelios, humillar a los débiles e inferiores, fortificar y mantener a los fuertes y mejores, eliminar la piedad, el optimismo y la dignidad. Cuando Zarathustra envía a sus discípulos a decir la verdad, tienen miedo, y le confiesan: "podrá soportarla la muchedumbre?" Es, según él mismo declara, un "martillo", un instrumento de terrorismo moral, una verdad que dispersa los vanos sueños de la humanidad: "la doctrina del Eterno Retorno es un martillo en la mano de los hombres más potentes". Nietzsche cree que ha llegado el momento de hacer el ensayo con la verdad y "si la verdad debe destruir a la humanidad, pues, bien, ¡que así sea!" El "Eterno Retorno" tiene otro enemigo secundario, el antropocentrismo de la Modernidad, una herencia hebrea que desemboca en la Revolución Francesa, que coloca en el centro del cosmos a los seres más mediocres, débiles e inferiores. Es curioso pero Nietzsche proyectó escribir un libro centrado en el concepto del "Eterno Retorno" cuyo título dice mucho hacia dónde apuntaba: "Un nuevo Iluminismo. El eterno retorno de lo idéntico". [Fin de la primera parte de la entrevista. Par ver la segunda, pulse aquí.]
L.A. ¿Por qué ha influido tanto Nietzsche en literatos y autores como Kundera por ejemplo?
G.V. Nietzschésime significa, en el sentido más banal de la palabra, entusiasmo, enamoramiento y admiración por Nietzsche. En casos extremos seguimiento ciego y fanático. En 1877 Nietzsche ya tuvo noticias de un grupo de admiradores en Viena lo dirigía un literato mediocre, Paul Lanzky; había otro en Berlín, liderado por su cuñado el wagneriano y antisemita Förster, y del que formaban parte Georg Brandes (quién lo introdujo en el mundillo académico), Paul Rée, Heinrich Romunt. Los primeros y más entusiastas seguidores vinieron así del mundo de la música y la literatura (sin que Nietzsche lo hubiera deseado): poetas, músicos, pintores, escritores. La filosofía académica de la época no tomaba muy en serio los escritos de un filólogo poco formado que se había vuelto loco. Era material para el mundo más libre de las vanguardias artísticas. Basta recordar a nombres como Gabrielle D'Annunzio, Anatole France, André Gide, Gerhart Hauptmann, Hugo von Hofmanstahl, Gustav Mahler, Gottfried Benn, Stefan Georg, Richard Strauss, Georg Heym, H. G. Wells, George B. Shaw, William Butler, Thomas Mann y sigue la lista hasta Kundera. A esta nuestro genial Borges lo leyó muy mal, sosteniendo que la idea del "Eterno retorno" era… ¡una hermosa ética valiente"! Los literatos en su mayoría entran a Nietzsche por su parte más "blanda" (aunque es la más difícil de interpretar): generalmente por "Así habló Zarathustra". La atracción creo que es muy simple: primero su engañoso estilo, el velado elitismo cultural, el individualismo aristocrático, su antimoralismo escandaloso. El denominador común de los literatos (salvo excepciones honrosas) es tomar las fórmulas nietzscheanas de manera muy superflua, "literaria" o metafórica. Sobre los literatos Nietzsche tenía muy mala predisposición, ya que él buscaba "hombres de acción": "Tales poetastros son los últimos lectores que me deseo a mí mismo". Es curioso: mientras los literatos aman la escritura nietzscheana, a veces sin entenderla, él los aborrecía: "me repugna el pensar que leerán mi libro, y hasta es posible que hablen de él. Pero: ¿quién es suficientemente serio para comprenderme? Tal como están las cosas, nadie puede salvarme de los hombres de letras. ¡Al diablo!" Ya vemos que no ha cambiado nada en este aspecto.
L.A. ¿Situar a Nietzsche en la tríada de los filósofos de la sospecha, ¿fue un acierto? ¿Observa usted algún aire de familia entre él y Freud y Marx?
G.V. Es un gigantesco malentendido. La tríada de Foucault no se sostiene textualmente y es totalmente caprichosa. En realidad Nietzsche es el "Anti Marx", no sólo desde su obra escrita sino en su praxis, en su vida. El malentendido no es nuevo: ya se intentó hacer una amalgama entre Nietzsche y Marx a fines del siglo XIX, en círculos anarquistas e incluso en sectores juveniles de la socialdemocracia alemana. ¡Hasta los mismos bolcheviques! Dentro de la corriente del marxismo ruso de principios del siglo XX Lunacharski, adversario de Lenin dentro del bolchevismo, luego Comisario para la Educación de la joven URSS, intentó sin éxito buscar puntos de contacto entre Nietzsche y Marx. Creo que fue el primer nietzscheano de izquierda de la historia. La famosa Kollontai en su juventud leía ingenuamente a Nietzsche a los círculos de jóvenes obreros como llamada a la acción y para propagar el ateísmo. Larisa Reisner (le escritora esposa de Karl Radek) o Georgï Chicherin (ministro de asuntos exteriores de Stalin) fueron wagnerianos, nietzscheanos y marxistas en su juventud, lo que podría abrir una investigación sobre las raíces nietzscheanas de la cultura stalinista… Hay páginas de Chicherin donde defiende a Nietzsche del "uso" de los nazis que parecen calcadas de las defensas de Georges Bataille o Klossowski. Hasta Lenin cita a Nietzsche varias veces en sus escritos. O un escritor consagrado por Stalin como Aleksandr Fadeev y su concepción del superhombre socialista… Hubo hasta inteos de realizar…¡un nietzscheanismo comunista! La amalgama no es nueva. Salvo forzándolos o travistiendo sus teorías y praxis es posible encontrar denominadores comunes. Pero parece que es una tarea de Sísifo que los intelectuales acometen con empeño, lo mismo se ha intentado con Heidegger o Carl Schmitt. En cuanto a los "maestros de la sospecha" Foucault los reúne bajo el concepto de "técnicas de interpretación", etiquetando a Nietzsche como el filósofo crítico del poder y a Marx como el filósofo de las relaciones de producción. Quizá sí pueden verse puntos en común, afinidades y puntos epistemológicos similares con Freud (por ejemplo: como vimos Le Bon, ciertos teóricos darwinistas, fisiólogos, el uso de la psicología y la biología, el descentramiento del sujeto, hasta la epistemología). Pero esa tríada es esquemática, forzada y arbitraria, una genealogía insostenible. Pero de moda y simpática. Así es el mercado de las ideas intelectuales.
L.A. Hay intérpretes de su obra que han sostenido que Nietzsche no es un autor político, que es un artista, un literato, un pensador a golpes. Que leerle de aquel modo es leerle muy mal, con anteojeras políticas. ¿Estaría de acuerdo?
G.V. Por supuesto que no. Nietzsche es un filósofo totus politicus e incomprensible sin este marco referencial. Muchas malas lecturas se basan en expurgar, exorcisar a Nietzsche de toda la espuria del mundo histórico o minimizar sus implicancias en la política concreta. Desde su juventud tuvo curiosidad e interés por la política y la historia: devoraba los diarios por la mañana y estaba al tanto de todos los acontecimientos políticos y sociales de la época. Su primera obra juvenil fue un texto de filosofía política, sobre Napoleón III (realmente un "Anti-18 Brumario") y lo último que escribió antes de caer en la locura era una solución al problema monárquico en la Alemania Guillermina. La herradura ideológica de Nietzsche empieza por la política y concluye con ella: significativo, ¿no? Anteojeras políticas son las que tienen aquellos que fuerzan los textos de Nietzsche eliminando toda connotación política. Posición ridícula la de Deleuze, por ejemplo, el cual reduce simplonamente el anticomunismo de la filosofía práctica de Nietzsche a una oposición teórica formal entre Nietzsche y Hegel, entre repetición y dialéctica… cuando sabemos que Nietzsche desconocía el abc básico de Hegel, de la izquierda hegeliana (en realidad la formación filosófica de Nietzsche era de segunda mano y a través de popularizaciones o manuales escolares) y que su objetivo (cuando menciona la dialéctica) es el socialismo, el anarquismo y el comunismo.
L.A. ¿Qué opina de la crítica de Nietzsche al cristianismo? ¿Qué anuncia la muerte de Dios?
G.V. Todo sabemos con qué inaudita violencia ha rechazado Nietzsche el cristianismo. No sólo en el aspecto teórico, sino incluso a nivel personal: "Basta que alguien adopte una actitud equívoca frente al cristianismo para negarle la menor partícula de confianza. No puede haber en esta materia más que una actitud conveniente: un no absoluto". Cuando aborda el cristianismo (o a Jesús) su lenguaje desborda indignación y desprecio. Llama a los sacerdotes "pérfidos enanos", "raza de parásitos", "calumniadores del mundo patentados", "arañas venenosas", "idiotas púrpuras", "los más diestros de los hipócritas conscientes". La Iglesia le parece enemiga mortal de todo lo que hay de noble sobre la Tierra. Es un tema vastísimo y que ha producido una farragosa bibliografía. La postura de Nietzsche variará en relación con los acontecimientos y el desarrollo político-histórico en Europa, pero podemos distinguir un discurso más o menos unitario. Comencé a leer a Nietzsche desde su anticristianismo, vía Hermann Hesse y su "El Lobo Estepario", y el primer libro que llegó a mis manos (lo leí muy mal, sin entenderlo) fue "El Anticristo". Todavía poseo el ejemplar subrayado. Quedé conmocionado y confuso. En nosotros los latinos, en donde el peso del catolicismo nos sofoca desde niños, el anticristianismo furibundo nietzscheano es uno de sus atractivos más poderosos, aparentemente más fácil de comprender, pero al mismo tiempo engañoso para el lector desatento o poco informado. Y volvemos a la idea de Nietzsche como totus politicus: desde su tierna juventud Nietzsche ve al cristianismo –en realidad al judeo-cristianismo– como el continuador moderno del ciclo de subversión y décadence iniciado en Grecia por el socratismo. Nietzsche ha asumido la crítica al cristianismo de Strauss (al que leyó con devoción) y de Schopenhauer (quién llamaba a Jesús "demagogo hebreo"), además de su propia educación familiar protestante por doble genealogía (padre y madre). El cristianismo es una Gelehrtenreligionen, una religión "docta", peyorativamente "erudita" con contenidos dogmáticos positivos, una religión producida por intelectuales desarraigados, sin raíces (Jesús) enfrentada a una Cultur auténtica enraizada en el suelo y la sangre de un pueblo. El cristianismo posee una valencia política subversiva aunque despreciable, que se deriva de su monoteísmo (una invención judía), que "propaga" una moral de esclavos (es la prehistoria de la ideología socialista: compasión, piedad, caridad, solidaridad, fraternidad, humildad); además es una organización formada por enfermos y degenerados que se entrega al tráfico de moneda falsa. Esta religión "pelagiana", iluminista, optimista, que es igualitaria y niveladora, termina por configurarse como una "democracia ética", hostil a la figura del Genio, y por ello a toda forma de Cultur y necesariamente en relación con la barbarie y la decadencia. Apolo se enfrenta a Jesús, el mito del pecado original judío al mito de Prometeo ario, grecidad pagana trágica versus cristianismo monoteísta; códice ario Manu frente al Nuevo Testamento. Al ciclo bimilenario de subversión iniciado en tierra hebrea Nietzsche le contrapone una tradición "naturalista" antitética, no sólo en el ámbito cultural-político, sino racial. El cristianismo es vendetta de las clases inferiores, puro ressentiment contra la aristocracia y los mejores y Pablo es "el hebreo, el eterno hebreo par excellence", manipulador de masas con el cinismo lógico de un rabino que se camufla en lo sacro para obtener el poder. En un fragmento póstume escribía: "el bienestar sobre la Tierra es la tendencia de la religión judía… contra la despreciable frase judía de que el cielo está en la Tierra". Sólo es posible poner en cuestión las ideas morales y políticas de la modernidad burguesa (que incluye el socialismo) con la condición de hacer el ajuste de cuentas definitivo con el cristianismo. El cristianismo es el que ha creado el modelo revolucionario por complot, "conjura maligna" (Verschwörung") le llama Nietzsche, la rebelión de los miserables contra los bien nacidos y victoriosos. El monoteísmo, un solo ser superior, niega la posibilidad de la existencia de una casta de superhombres, con lo que se niega teológicamente su existencia en la Tierra. Sobre un mundo, el helénico-romano, que consideraba obvio y "natural" la desigualdad y la institución de la esclavitud, el hebreo-cristianismo impone que todos somos iguales ante Dios. Un escándalo. La muerte de Dios es una constatación que los hombres comunes y mediocres no quieren ver ni comprender; tesis inflacionada por influencia de Heidegger, simplemente acompaña la ruina de las religiones positivas, la pérdida del centro y que la expansión del nihilismo permita el surgimiento del rebelde nihilista extremst (el homo Schopenhauer, Zarathustra).
L.A. ¿Es tan potente y hermoso el alemán de Nietzsche? ¿Era tan buen escritor?
G.V. Humildemente, no manejo tan en detalle el alemán moderno (y mucho menos el alemán de Nietzsche del siglo XIX) como para contestar esa pregunta. Desde el punto de vista del lector, los libros de Nietzsche en vida no se vendían, ni se leían. Por otra parte Nietzsche, que tenía una poderosa autorreflexión sobre la disciplina lingüística relacionada con su papel en la crítica de la Modernidad, creía que sus páginas harían historia en la lengua alemana, por ejemplo cuando terminó "Así habló Zarathustra". Creo que en su época su estilo, y cierto uso de vocablos elitistas, le habría parecido a un lector medio una obra un poco obtusa y extraña.
L.A. ¿Hay una lectura de izquierdas de Nietzsche? ¿Es consistente en su opinión? ¿Son conciliables el anarquismo y su filosofía? ¿Cómo explica esa influencia?
G.V. El Nietzschéisme de izquierda es un oxímoron, pero ellos mismo no lo saben. Es como una falsa conciencia. No pueden entender que la filosofía de Nietzsche se desarrolló en contraposición polémica y mortal contra el socialismo. Su pathos es el horror a la nivelación política, social y cultural de Europa. Es la filosofía de combate reaccionaria contra el modernismo, la democracia, la nacionalización de las masas y el comunismo: ""Marchar en fila. Aversión por el Genio (Genius). El 'hombre social'= Socialismo". Es la filosofía anti Ilustración, anti Rousseau y la "idea 1789", que no acepta los "costos" extras del dominio burgués. En un cuaderno de apuntes escribió sus tareas teóricas, de crítica: "Aniquilación de la Ilustración; Contra las ideas de la Revolución". Su objetivo, a través de su práctica y sus libros, siempre lo tuvo claro: "Intento de avisar a todas las fuerzas realmente exitentes, de aliarse con ellas y de domar, mientras todavía hay tiempo, a los estratos sociales desde los que se amenaza el peligro de barbarie". Su presupuesto sorprendente: "Mi punto de partida es el soldado prusiano: aquí una verdadera convención, aquí e da coacción, seriedad y disciplina, también respecto a la forma". Su pensamiento es coherente y persistentemente antiliberal, antidemocrático y antisocialista, y se fue intensificando a los largo de su vida. La atracción desde posiciones anarquistas es más entendible: su egoísmo radical, su lectura "vergonzosa" de Max Stirner (el mismo que demolió Marx en la "Ideología Alemana") permite una lectura honesta desde el anarquismo intelectual individualista y elitista. Ese camino recorrió, por ejemplo, el joven Jorge Luis Borges. Pero es inconcebible desde el anarquismo colectivista o el anarco-comunismo. Si Sade es la contracara al jacobinismo y a Babeuf; Nietzsche es a la revolución de 1848 y a la Commune de Paris. Hay una aforismo de juventud que dice así: "La visión seria del mundo como única salvación ante el socialismo… si las clases trabajadoras consiguen comprender que a través de la formación (educación general) y de la virtud pueden hoy fácilmente superarnos, entonces será nuestro final". Las señales pueden multiplicarse. Era claro que el filólogo-filósofo Nietzsche era reacccionario en su filosofía política ex ante de conocer a Schopenhauer o Wagner. Salvo liquidando o reprimiendo etapas completas de su desarrollo intelectual, salvo eliminando lo que efectivamente escribió de puño y letra, salvo intentando trastocar sus textos en alegorías y metáforas espirituales, no es posible mantener la coherencia del pensamiento de Nietzsche si no se lo comprende como una denuncia militante y Kulturkritik a la modernidad y la revolución. Hagiógrafos y editores-traductores intentan salvar-exorcisar al filólogo-filósofo reduciéndolo a diversas lecturas "parciales" (crítico del nihilismo, crítico de la cultura y la razón científica, crítico de la moral, metafísico del arte, filósofo trágico de la estética, etc.) o interpretaciones cercanas al absurdo (Vattimo o Sloterdyjk). Todas tienen un denominador común: son textualmente arbitrarias, por lo que sólo teniendo bien presente la Kulturkritik reaccionaria al Jetzeit burgués y la denuncia militante reaccionaria a la revolución es posible aprehender la unidad/coherencia del pensamiento filosófico-político de Nietzsche y eliminar contradicciones que sólo existen en la telaraña ideológica de sus intérpretes. No mes casualidad que el grueso del Nietzschéisme de izquierda, en todos los países, sea en realidad una ala izquierda liberal-libertaria, individualista pero servil a las instituciones del estado, antisocial, paternalista, estética. Una contradictio in adjecto, al tributo no coincide con el sustantivo, pero es válido a nivel ideológico.
L.A. ¿Qué opina usted de la introducción de Nietzsche en España tras la muerte del general golpista Francisco Franco? ¿Hay algún interprete o seguidor que le parezca destacable?
G.V. Quiero señalarle algo. Primero: una advertencia, yo soy argentino, hace cinco años que estoy en España. Mis conocimientos de escuelas y autores españoles es muy pobre. Segundo: Nietzsche ya había sido difundido en España mucho antes de 1975, por lo menos desde 1890. Los catalanes, por ejemplo, fueron los primeros en conocerlo y difundirlo, vía su cercanía cultural con Francia: Pompeyo Gener y Joan Maragall (incluso éste planeo escribir una biografía y fue el traductor de Nietzsche al catalán en ¡1893!) ¿Y las lecturas de la Generación del '98? ¿Maetzú, Baroja, Valle-Inclán y Azorín? ¿Buero Vallejo? Ramiro Ledesma Ramos, el fascista fundador de las JONS, leyó a Nietzsche antes que se editara en español. Yo recuerdo haber leído textos de las Obras Completas editadas por Aguilar en Madrid (creo que en doce volúmenes) entre 1932 y 1935. ¿El traductor era Ovejero y Maury? O sea: Nietzsche comenzó a difundirse, paradójicamente, cuando el pueblo español se liberaba de la aristocracia terrateniente, con la IIº República, en el medio de una rebelión de esclavos. La difusión de Nietzsche en España es paralela y enfrentada a la de Marx. Creo que además en Valencia, Pedro González Blanco en la editorial Sempere, se editó, independientemente de la de Aguilar, una traducción de la primera edición francesa completa de Nietzsche de Henri Albert. Sempere editó el primer libro de Nietzsche en español: "Más allá del bien y del mal" (1885). Además se publicaron sueltos "Así habló Zarathustra" en Madrid (editorial España Moderna) ¡en 1900!, se decía que su traductor "oculto" era Unamuno; una selección de la correspondencia bajo el título "Epistolario" en la editorial Biblioteca Nueva (Madrid), ¡incluso una selección de poemas en un tomito titulado "Nietzsche poeta: interpretaciones líricas"! O sea: España en la década de los años '30 estaba al nivel casi de Francia en cuanto a difusión de Nietzsche. Era un autor tan polémico (su anticristianismo era indigerible en la España ultramontana) y reaccionario que los traductores españoles en muchos casos se escondían bajo seudónimos. Bueno allí está la recepción más o menos encubierta de Ortega y Gasett, Xavier Zubiri o de Eugenio D'Ors. Lo que vino a partir de fines de los años '60 fue la canonización de Nietzsche en la academia, su consagración olímpica en el panteón de los héroes intelectuales de cátedra. El catecismo nietzscheano, marcado por Heidegger, Deleuze (y Foucault) se compone esencialmente del fragmento póstumo "Sobre verdad y mentira en sentido extramoral", la "Segunda Intempestiva" (De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida), algunos aforismos de "Más allá del bien y del mal" o de "El crepúsculo de los ídolos". En esto España sigue, como en 1900, la moda intelectual y los criterios de interpretación que se forjan en la industria filosófica parisisna. Todos ellos extirpados de connotaciones histórico-sociales. Todos ellos mal comprendidos en una pésima situación hermenéutica. Yo recuerdo, aunque debo confesarle que en Argentina los filósofos y ensayistas españoles eran muy subestimados, un librito colectivo, "A favor de Nietzsche" (1972), donde escribían la flor y nata del Nietzschéisme español: Fernando Savater, Eugenio Trías, Andrés Sánchez Pascual (traductor de las ediciones de Alianza editiorial), Ramón Barce et altri. Fue la presentación prestigiosa entre los intelectuales y el mandarinado académico de Nietzsche. Bueno, después vinieron, como fruto de esta especialización académica, monografías escolares (de las cuales tengo algunas en mi biblioteca) de la nueva generación de nietzscheanos: Juan Luis Vermal, Jesús Conill, Miguel Morey… Más o menos la mayoría sigue el método de interpretación y lectura del Nietzschéisme francés. Actualmente hay una tercera generación de "profesionales" nietzscheanos, muchos son los editores de la valiosa edición de los fragmentos póstumos de Nietzsche al español por la editorial Tecnos, congregada en torno a editoriales Anthropos, Tecnos, Trotta, Anagrama), revistas "especializadas" (Estudios Nietzscheanos), sociedades (SEDEN, la Sociedad española de estudios sobre Nietzsche) y por supuesto cátedras y universidades. Realmente los interpretes españoles de Nietzsche no podían resultar muy novedosos o interesantes después de Heidegger, Bataille, Klossowski y Deleuze, pero las lecturas menos ortodoxas creo que fueron las de Morey y Valverde.
L.A. ¿Qué parte de la obra de Nietzsche, si es el caso, se mantiene mejor en su opinión?
G.V. Nietzsche por supuesto no es hoy ningún "perro muerto". Tiene, como gran pensador reaccionario que es, una "excedencia teórica" muy interesante. Yo creo que sigue siendo válida su crítica a la conciencia historicista, al intelectual "especialista", a la universidad como institución y algunas consideraciones en su crítica al poder. La mejor parte de su obra sigue siendo la que no se ha canonizado, la que todavía no tiene encima asfalto académico, la que la "Vulgata" no ha banalizado, la que no ha sufrido la hermenéutica de la inocencia, la que no ha sido expurgada de lo que efectivamente Nietzsche nos quiso decir. En Nietzsche grandeza y horror se entremezclan en un estilo fascinante y seductor. Hay que leerlo con la agudeza y la lentitud de un filólogo, si no jamás entenderemos su mensaje. "ensayos no es lo que yo escribo: el ensayo es para los asnos y para los lectores de revistas".
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* Nicolás Alberto González Varela: nacido en Buenos Aires, Argentina. Estudió filosofía y psicología. Fue profesor de filosofía política en la Universidad de Buenos Aires. Ensayista en varias revistas y suplementos culturales: Babel, Crisis, diario Perfil. Fue editor, traductor y coordinador editorial. Actualmente reside en Sevilla.
**Salvador López Arnal (Barcelona, 1954) es profesor-tutor de Matemáticas de la UNED y profesor de informática de ciclos formativos. Colabora habitualmente en las páginas de El Viejo Topo, Rebelion, Espai Marx y Sin Permiso.
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Publicado el 2 de Septiembre, 2008, 14:43.
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EMPIEZAN LAS JORNADAS INTERNACIONALES HEIDEGGER
El filósofo más incómodo
La segunda edición de estos encuentros, que se darán cita desde hoy en la Biblioteca Nacional, convocará a prestigiosos intelectuales para reflexionar sobre un nombre que resulta fundamental para reinterpretar el pensamiento actual.
Por Silvina Friera
El autor de Ser y tiempo fue el filósofo más influyente del siglo XX. Y el más incómodo, por su adhesión explícita al gobierno nacionalsocialista de Hitler. Pero explorar y cuestionar ese pensamiento, excesivo en todos los sentidos, sigue siendo necesario para una reinterpretación de la filosofía actual. En las II Jornadas Internacionales Heidegger, que comienzan hoy en la Biblioteca Nacional y concluyen el próximo viernes, un grupo de reconocidos académicos e intelectuales, entre los que se encuentran Edgardo Castro, Mónica Cragnolini, Diego Tatián, Miguel Vedda, Horacio Benega, Alfredo Rocha de la Torre, Cristina López, Luis Alejandro Rossi y Jorge Fernández, entre otros, reflexionarán sobre Heidegger y la cuestión política, un tema no explícito en la meditaciones heideggerianas, pero que en su ocultamiento produce ecos en toda la filosofía contemporánea.
“Como renegaba de la fragmentación de la filosofía en ámbitos específicos, debería decirse que no hay una filosofía política en Heidegger, al igual que no hay una filosofía del lenguaje o de la historia”, señala Bernardo Ainbinder, uno de los organizadores de las II Jornadas, a PáginaI12. “Heidegger rehuyó más bien a asumir e interrogar en profundidad la clásica definición aristotélica del hombre como zóon politikón, como animal político. Pero no puede sino causar perplejidad que asumiera el rol de un funcionario político en la Alemania nazi, el rectorado de la Universidad de Friburgo, lo que hace aún más acuciante la pregunta por la relación entre la filosofía de Heidegger y la política.”
En la confluencia del silencio heideggeriano sobre lo político, sobre el que asienta su ulterior silencio sobre su propia actuación política, hay algo escandaloso que interroga insistentemente a la filosofía del siglo XX y que, en palabras de Derrida, asedia a los filósofos como su infierno: ¿por qué el mayor filósofo del siglo XX ha adherido al peor de sus totalitarismos? El único modo de hacer frente a estos interrogantes, según Ainbinder, especialista en Heidegger y docente de la Universidad de Buenos Aires, es volver sobre las presuntas certezas en que se fundan, “renunciando tanto a la denuncia y la imprecación en la que algunos críticos de Heidegger se solazan como a la exculpación de su filosofía, disociándola totalmente de todo contenido político que ensayan sus defensores”. Las jornadas pretenden deconstruir la idea de que la filosofía heideggeriana nada dice ni puede decir sobre la cuestión política. “No es una tarea demasiado compleja si nos atrevemos a hacerle frente –admite Ainbinder–. ¿No ha caracterizado Heidegger a la filosofía, desde comienzos ya de los años ’20, como una forma de praxis que, además, entraña una responsabilidad en el contexto de los saberes y las ciencias?”
Alejandro Boverio, sociólogo, filósofo y docente de la UBA, plantea que es indudable que la adhesión que Heidegger prestó al nacionalsocialismo marcó en muchos sentidos el abordaje de su obra filosófica durante gran parte del siglo XX y, en muchos casos, cerró cualquier posibilidad de interpretación en virtud de aquel episodio oscuro que nunca terminó de esclarecerse. “Más allá de cualquier posicionamiento político efectivo, y el más altamente significativo fue la asunción del rectorado de la Universidad de Friburgo en el año 1933, existe una insistencia y una deriva política de todo su pensamiento que lleva a preguntarse por la apertura comunitaria, como lo indican muchos de los trabajos del filósofo francés Jacques Derrida y, más recientemente, aquello que retoma Roberto Esposito en su ya renombrado Communitas. Lejos de estar agotada una indagación en torno a las implicaciones políticas del pensamiento filosófico de Heidegger, es preciso cuestionarse los alcances de las interpretaciones vigentes, inclusive las de aquellas que abren lecturas novedosas, y avanzar un poco más.”
Boverio observa que en el Discurso del Rectorado, Heidegger señala que “espíritu es el decidirse, originariamente templado y consciente, por la esencia del ser”, pero desde el llamado de una fuerte voluntad. “Aquello que hay de tosco voluntarismo espiritual en el texto, que podría hacer recaer a todo ese discurso en una metafísica de la subjetividad, tal vez sea el costo que decide pagar Heidegger para distanciarse del biologicismo nazi. Pero el llamado a la voluntad va de la mano de un llamado a la lucha. La lucha como el momento de acrecentamiento de la voluntad y como único medio de conservación de todas las capacidades corporales. ¿Estamos leyendo a Nietzsche o a Heidegger?”, pregunta Boverio. “Todas las facultades de la voluntad y del pensamiento, todas las fuerzas del corazón y todas las capacidades del cuerpo tienen que desarrollarse mediante la lucha, aumentar en la lucha y conservarse como lucha”, dice Heidegger. Es el conflicto el que lleva hacia adelante aquello que para el flamante rector es necesario para cumplir la misión histórica del pueblo alemán –subraya Boverio–. La posterior confesión que hace Heidegger citando a Clausewitz no es azarosa.”
Boverio baraja las cartas de la filosofía política del siglo XX. “Sabemos que la lucha, la guerra, el conflicto, fue aquello que unos años antes del discurso heideggeriano había señalado Carl Schmitt como el concepto específico de lo político en tanto distinción amigo-enemigo, y justamente también a partir de una cita de Clausewitz, o mejor dicho, de su puesta en cuestión. Aquella cita que dice que la guerra es la continuación de la política por otros medios que, muchos años después, Foucault tuvo la audacia de invertir para afirmar que es la política la que es una continuación de la guerra por otros medios. Esos nuevos medios de la política están definidos hoy por la gestión biopolítica de los cuerpos, que la democracia formaliza y oculta bajo un manto de paz civil debajo del cual la guerra está latente. Si en los primeros meses de este año hemos visto en nuestro país cómo esa conflictividad puede aflorar con toda su fuerza, de un momento a otro, no podemos más que constatar la relevancia que, entonces, tienen las meditaciones de un pensador actual.”
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Publicado el 27 de Agosto, 2008, 13:41.
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Los resultados de la filosofía se centran en el descubrimiento de ciertos y vulgares sinsentidos o excrecencias que la comprensión se ha dado a sí misma por querer ir más allá delos límites del lenguaje.
Ludwig Wittgenstein nace en Viena 1889, de una culta y acaudalada familia de ascendencia judía.
Realiza estudios de ingeniería en Berlín y en 1908, interesado por los aeroplanos, se traslada a Manchester a ampliar su formación.
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Apasionado por la matemática y la lógica, marcha a Cambridge a estudiar con Bertrand Russell, de cuyos encuentros, y después de alistarse como voluntario en la I Guerra Mundial y ser hecho prisionero en Italia, surgirá una de sus principales y más influyentes obras: el Tractatus lógico-philosophicus, acabado en 1918 y publicado en 1922.
Este libro, perteneciente a la primera etapa del pensamiento de Wittgenstein, continúa la línea del atomismo lógico abierta por Russell, el cual realizó el prólogo de dicha obra y en la que Wittgenstein intenta desentrañar la estructura del mundo, tomando como modelo la lógica matemática y su riguroso lenguaje simbólico para acceder a la realidad.
Lo fundamental del Tractatus consiste en la afirmación de que el mundo es el conjunto de los hechos atómicos, o conjunto de sucesos y acaeceres, no de las cosas:
“1. El mundo es todo lo que acaece. 1.1.El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. (...) 2, Lo que acaece, el hecho, es la existencia de los hechos atómicos. (...) 2.04. La totalidad de los hechos atómicos existentes es el mundo.” (Tractatus).
Los hechos atómicos no son cosas ni substancias ni cualidades o atributos de las cosas, son las relaciones más simples que puedan darse entre ellas, relaciones que no pueden reducirse a ninguna otra más elemental (“esto es azul, el papel está en la mesa”). Los hechos atómicos son isomórficos respecto a las proposiciones atómicas que construimos sobre ellos, esto es, podemos hacernos una imagen, una figura de la realidad de cada hecho. Las proposiciones atómicas mantienen la misma estructura que el hecho atómico a que se refieren. El mero análisis de una proposición revelaría la estructura del hecho.
“2.1. Nosotros nos hacemos figuras de los hechos. 2.11. La figura presenta los estados de cosas en el espacio lógico, la existencia y no-existencia de los hechos atómicos. 2.12. La figura es un modelo de la realidad. 2.13. A los objetos corresponde en la figura los elementos de la figura. 2.131. Los elementos de la figura están en la figura en lugar de los objetos.” (Tractatus).
Por lo tanto, el lenguaje es el mapa de un territorio constituido por hechos atómicos, siendo el instrumento a través del cual conocemos y expresamos el mundo. Ahora bien, todas las proposiciones tienen un sentido si expresan la realidad o la posibilidad de un hecho y posee un valor de verdad (es decir, es verdadera o falsa) que puede ser inferido gracias a las leyes de la lógica y al método de las tablas de verdad. Sin embargo, y a consecuencia de que sólo poseen sentido aquellas proposiciones (verdaderas o falsas) que se adecuan a las figuras de hechos del mundo, o imágenes similares, las proposiciones de la metafísica, de la teología, de la ética y de la psicología, carecen de sentido porque no representan hechos atómicos, siendo imposible decir algo sobre estas cuestiones sin caer en el absurdo. Este hecho refleja una de las intenciones fundamentales del Tractatus de Wittgenstein:
“El libro trata de problemas de filosofía y muestra, al menos así lo creo, que la formulación de estos problemas descansa en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Todo el significado del libro puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse. Este libro quiere, pues, trazar unos límites al pensamiento o mejor, no al pensamiento, sino a la expresión de los pensamientos .” (Tractatus, prólogo).
No es de extrañar que los neopositivistas del Círculo de Viena hayan tomado el Tractatus de Wittgenstein como el paradigma para limitar las pretensiones de la filosofía y negar radicalmente la posibilidad de la metafísica. Sin embargo, Wittgenstein afirma que la filosofía no es una teoría, sino una actividad que ha de limitarse a esclarecer y acotar los pensamientos: la filosofía es la aclaración lógica del proceder de la mente:
“4.112. El objeto de ka filosofía es la aclaración lógica del pensamiento. Filosofía no es una teoría, sino una actividad. Una obra filosófica consiste esencialmente en elucidaciones. El resultado de la filosofía no son “proposiciones filosóficas”, sino el esclarecerse de las proposiciones”. (Tractatus).
Pese a ello, Wittgenstein afirma que las proposiciones lógicas son tautológicas, pero que no dicen nada acerca de lo real.
Después de escribir el Tractatus, Wittgenstein abandona la especulación filosófica y se dedica a dar clases como maestro en una escuela rural y, más tarde, se dedica temporalmente a trabajar como jardinero en un convento de monjes. Cuando retoma su quehacer filosófico, lo hace con la intención de revisar su propio Tractatus, eliminando la perspectiva neopositivista que se desprendía de esa obra, lo que dio lugar a una nueva corriente filosfófica denominada filosofía analítica (o Escuela de Cambridge).
Lo que ya se apuntaba en los escritos producidos entre 1933 y 1934, los Cuadernos Azul y Marrón, llega a su madurez en una definitiva obra póstuma titulada Investigaciones filosóficas (1953), la cual supondrá una radical ruptura con el pensamiento de su primera época. En las Investigaciones, Wittgenstein critica la teoría referencialista del lenguaje, fundamentalmente la concepción denotativa del mismo, es decir, la afirmación de que el significado de un término se da siempre por referencia a un objeto o hecho al que se refiere.
El lenguaje no es concebido ya como un conjunto de nombres que se refieren a objetos simples. Lejos de ser referenciales, los términos de una proposición adquieren su significado a través de múltiples caminos: el contexto, los gestos, la intención, la entonación, etc. Las palabras no tienen significados dados de antemano, por lo que no puede haber una investigación científica sobre lo que cada palabra significa realmente. Es más, existen multitud de palabras que se utilizan de mil modos diferentes.
Lo que decide el significado de un término es el uso de él se hace en el lenguaje. Ya no basta conocer las condiciones de verdad de una proposición para saber si ésta es verdadera o falsa. No hay referencia. Antes bien, conocer el significado de una palabra sólo es posible cuando accedemos al universo de posibilidades de utilización.
Los lenguajes funcionan como juegos, cada uno de los cuales está dotado de unas reglas propias y precisas que nos dan el valor de su significado. Los lenguajes son juegos lingüísticos que nacen de las distintas formas de vida, habiendo tantos diferentes como actividades u operaciones puedan llevar a cabo los hombres, por lo que no es posible, de ninguna manera, sistematizarlos: en tanto que juegos, se hallan en una continua modificación, en una constante creación de reglas de uso. Si esto es así, ¿cuál es ahora la tarea de la filosofía? Su función es terapéutica, de curación de anomalías, disfunciones y “enfermedades” que desvíen al lenguaje de su uso normal:
“La filosofía, tal como nosotros utilizamos la palabra, es una lucha contra la fascinación que ejercen sobre nosotros las formas de expresión. Una palabra tiene el significado que alguien la ha dado. Hay palabras con varios significados claramente definidos. Es fácil clasificar estos significados. Y hay palabras de las que podría decirse: se utilizan de mil modos diferentes que se van cambiando gradualmente de uno a otros. No es de sorprender que no podamos establecer reglas estrictas de su uso. Es erróneo decir que en la filosofía consideramos un lenguaje ideal como opuesto a nuestro lenguaje ordinario. No hay respuesta de sentido común a un problema filosófico. Solamente se puede defender el sentido común contra los ataques de los filósofos resolviendo sus enredos, es decir, curándolos de la tentación de atacar el sentido común.” (Cuadernos azul y marrón).
Elena Diez de la Cortina Montemayor ele@cibernous.com
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Publicado el 24 de Agosto, 2008, 15:28.
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INICIAMOS CON ESTE ARTÍCULO TEMAS PERTENECIENTES A LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE. LA FINALIDAD ES MOSTRAR LAS DIVERSAS MIRADAS Y ESTUDIOS QUE HAY EN FILOSOFÍA SOBRE EL LENGUAJE.
CIRCULARÁN POR AQUÍ ALGUNOS TEXTOS Y ANÁLISIS DE WITTGENSTEIN, CHOMSKY, JACOBSON, PIERCE, MORRIS, SAUSSURE, TODOROV
FILOSOFÍA DEL LENGUAJE Por Javier Borge
7. SEMIOSIS Y SISTEMA SEMIÓTICO: DEL SIGNO A LA LENGUA
7.1. Las concepciones semióticas de Ch. S. Peirce
Como cuando se considera la historia de cualquier concepto o disciplina, es fácil encontrar precursores en el caso de la semiótica. En cuanto reflexión sobre el signo, lingüístico en particular, toda la historia de la filosofía del lenguaje está cuajada de análisis que se pueden calificar de semióticos. En cuanto disciplina definida por su objeto y el ámbito de sus fenómenos característicos, la semiótica puede encontrar ancestros de la filosofía estoica y, desde luego, en la filosofía del lenguaje de Locke. En el Ensayo sobre entendimiento humano, Locke habla de la semiótica como de la tercera ciencia, identificándola con la Lógica. La concepción del signo que subyace a la filosofía del lenguaje del Ensayo resultó afectada, como toda la epistemología empirista, por la crítica kantiana. Las bases de la semiótica moderna parten de esa crítica aunque, como en el caso de Peirce y de otros autores posteriores, estén inclinadas hacia un psicologismo más o menos explícito. Junto con la de Saussure, la obra de Peirce se puede calificar de seminal en la historia de la semiótica moderna. De ella surge una orientación teórica que, a través de sus diferentes influencias en filosofía, psicología y lingüística, se prolonga hasta los tiempos actuales.
7.2.Las relaciones entre lógica y semiótica
Dentro de la división de los saberes que Peirce, siguiendo la tradición arquitectónica kantiana, trató de establecer, la semiótica se encuentra entre las ciencias normativas. Distinguía entre la ciencia de lo puramente fenomenológico, la faneroscopia, que identificaba con el estudio de lo material, la metafísica, que trataba de las entidades abstractas, y las ciencias normativas, como la ética, estética y la lógica. Se trata de una concepción que asigna a la lógica el papel de gramática del pensamiento: la lógica establece el guión que el pensamiento ha de seguir para constituir conocimiento. La semiótica se identifica, en una de sus acepciones, la más general, con la lógica: la lógica en sentido amplio no es sino otro nombre para la semiótica, la doctrina cuasi-necesaria, o formal, de los signos.
7.3. El signo o representamen.
Representamen, interpretante y objeto
La concepción del signo que Peirce comparte es la de estirpe agustiniana: el signo es una realidad que está en lugar de otra para alguien, que se lo hace presente. Así pues, la concepción de Peirce implica al menos tres miembros: representamen, interpretante y objeto. La función del interpretante es hacer presente el objeto mediante la conexión causal existente entre el y él mismo. La relación sígnica o semiosis es pues triádica, y de tal naturaleza que se pueda representar mediante un triángulo: Interpretante, Representamen Objeto Este triángulo es precedente del propuesto por Odgen y Richards, que es el más conocido en la semiótica contemporánea. Cada uno de los extremos de este triángulo conectado con el se corresponde con una trama de la semiótica, añadiendo además la relación con el fundamento del signo. La gramática pura estudia las condiciones formales de posibilidad de los signos para que puedan funcionar como tales. Proporciona pues una definición (criterios formales de identificación) de lo que es signo, delimitando la clase de realidades que pueden serlo de la de las entidades que no pueden alcanzar esa naturaleza. La rama de la semiótica que están relación con objetos representados es la lógica propiamente dicha o lógica pura. Esta concepción de la lógica pura como disciplina que especifica las condiciones formales y necesarias que surgen cuando sistema lingüístico tiene un trasunto posible en el plano ontológico, es la concepción semántica. Si la función de la gramática es la determinación de las condiciones formales de los signos para que constituyan tales signos, la lógica pura especifica cuáles son las condiciones semánticas para que a tales signos se les puede aplicar el concepto de verdad. La tercera rama de la semiótica, que se ocupa de las relaciones entre el signo y el interpretante, es llamada por Peirce retórica pura. Su objetivo es determinar las leyes por lass cuales en toda inteligencia científica un signo da origen a otro. Estas subdivisiones en gramática, lógica y retórica, aparte de enlazar con la tradición medieval, constituyen prefiguraciones de la ya clásica división de la lingüística, y demás ciencias de lo simbólico, en sintaxis, semántica y pragmática. Tras ellas se encuentra un sustrato filosófico de una gran oscuridad y complejidad: cada uno de los elementos de la semiosis es relacionado con una categoría ontológica. Dentro de la categoría de objeto entra todo aquello que pueda ser representado por un signo. En cambio, los propios signos pertenecen a la categoría de la terceridad, puesto que constitutivamente están formados por tres elementos. Los objetos pueden ser inmediatos, en cuanto se trate de objetos representados de acuerdo con el signo, o dinámicos, en cuanto realidad misma que subyace al hecho semiótico. Del mismo modo, el interpretante, lo que el signo suscita, puede ser inmediato y dinámico. El primero constituye la potencialidad del signo para ser comprendido correctamente. El dinámico se corresponde con la realidad de lo que sucede cuando se produce un signo: lo que efectivamente causa en la mente del receptor del signo. La utilización de los signos, y el hecho de que funcionen como tales en ocasiones concretas, no conlleva un mayor conocimiento. El uso del signo da por supuesto el conocimiento del objeto que sustituye, y no puede añadir algo epistemológicamente nuevo a ese objeto. El mecanismo semiótico está pues, para Peirce, basado en el reconocimiento. Si el signo que es sustituto del objeto, sólo lo puede ser en la medida en que tal objeto puede ser representado en el pensamiento. El interpretante juega por tanto una función mediadora igualmente necesaria en la relación semiótica. Su característica definitoria es precisamente la de ejercer de nexo entre el signo y objeto, mediante la relación de representación mediadora, que es concebida por Peirce de similar manera a la kantiana.
7.4. Símbolo, índice e icono
Peirce estableció una división de los signos que se desprendía de la diferenciación de niveles semióticos. En primer lugar, consideró las posibles clases de signos teniendo en cuenta la propia naturaleza formal de éstos, lo que, para entendernos, equivale a una división "sintáctica". Desde este punto de vista, distinguió entre cualisigno, sinsigno y legisigno, dependiendo de que el signo fuera una realidad, un objeto o una "ley". En segundo lugar, desde el punto de vista semántico, atingente a la relación de los signos con sus objetos, Peirce distingue tres clases de signos que posteriormente se ha convertido en clásicas: símbolos, índices e iconos. La primera clase es la más importante y en ellas están incluidos los signos lingüísticos. Para Peirce, los símbolos son legisignos, son signos que operan como tales en virtud de una ley. Los símbolos son entidades generales, esto es, abstracciones, que no pueden actuar sino a través de realizaciones físicas que, según, funcionan como índices. Así, los trazos que componen la siguiente palabra, "árbol", son un índice del símbolo /árbol/, entidad abstracta perteneciente a la lengua española. Para que el objeto general denotado por el símbolo se concrete en una entidad particular, es preciso que el símbolo se haga presente mediante su réplica sonora o gráfica. Esta réplica (índice del símbolo) se encuentra en la misma relación con el símbolo que el objeto particular con el objeto general: le representa en un nivel inferior de abstracción. Finalmente, Peirce consideró los signos en su relación con los interpretantes y los dividió, desde este punto de vista, en remas, dicisignos y argumentos. Los remas son signos que suscitan un interpretante de una clase de objetos. Por ejemplo, las expresiones nominales son remas. Los dicisignos suscitan interpretante de hechos realmente existentes. En general, las oraciones declarativas son dici signos. En el caso de los argumentos, se trata de signos que suscitan la imagen de una ley o regularidad general.
7.5. La interpretación semiótica conductista de Morris
La obra de Peirce ha ejercido una importante influencia en autores posteriores. Entre ellos, en el siglo XX, Morris. La teoría que Morris tenía del signo era esencialmente conductual: los signos no son únicamente realidades representadoras, sino que su característica fundamental es la de operar de forma suficientemente similar a la realidad que sustituyen. Esta definición era, no obstante, demasiado simple como para ajustarse al funcionamiento de la clase más importante de signos, los signos lingüísticos que, en cuanto respuesta a estímulos, tienen la propiedad de ser mediatos. Para acomodar su concepción a este tipo de signos, Morris ideó la noción de estímulo preparatorio, matizando mediante ellas su definición: los signos lingüísticos funcionan como estímulos sustitutorios de objetos-estímulo, predisponiendo a una respuesta ante ellos que es fundamentalmente similar a la que provoca su presencia efectiva. Esta reorientación conductista de la concepción semiótica afecta al análisis de la relación semiótica. Los acontecimientos mentales que, en la concepción de Peirce, constituían la mediación necesaria entre el signo y su objeto, son concebidos por Morris como disposiciones para un tipo de respuesta: llamaremos intérprete a cualquier organismo para el cual algo de su signo. Se llamará interpretante la disposición en un intérprete para responder, a causa del signo, por medio de series de respuestas de cierta familia de conducta. Lo que permite completar la serie de respuesta para la cual el intérprete se encuentra preparado a causa del signo, será la denotación (denotatum) del signo. Diremos que un signo denota un denotatum. Aquellas condiciones que son de tal índole que todo lo que los cumpla será un denotado recibirán el nombre de significado (significatum) del signo. La relación semiótica sigue entendiéndose pues como una relación triádica (signo, interpretante, denotatum, referencia u objeto).
7.6. Las dimensiones semántica y pragmática de la semiosis
Las dimensiones de la semiótica distinguidas por Morris se corresponden con las diferentes relaciones diádicas que se pueden establecer entre los componentes de la semiosis: se encuentran en su obra las dimensiones semióticas reconocidas y más o menos desarrolladas en la actualidad. Según Morris, a cada una de estas dimensiones semióticas correspondía una relación característica. Así, la denotación es la relación semántica paradigmática, mientras que la expresión es la relación característica de la pragmática: los signos denotan los objetos y expresan a sus usuarios. A su vez se encuentran en relación de implicación con otros signos en virtud de su pertenencia al conjunto ordenado e interrelacionado que es un sistema semiótico: esta relación de implicación es la típicamente sintáctica. En todo sistema semiótico se puede distinguir, desde el punto de vista sintácticos, entre las reglas de formación y las de transformación. Como instancia de las primeras, se pueden considerar la reglas constitutivas de los enunciados lingüísticos, formados típicamente por la suma de un signo dominante y un signo señalador. Los signos especificadores restringen del dominio de aplicación de otro signos, contribuyendo a la determinación referencial. La disciplina semántica también está constituida por un conjunto de reglas, que consisten esencialmente en una especificación de la clase de referencias que puede tener un signo. Lo que especifica la regla semántica no es sino una colección de índole asociativo entre un signo y una clase de objetos-estímulo. La regla misma constituye una descripción de tal conexión. En cuanto a la pragmática, en muchas ocasiones se ha señalado la vaguedad y amplitud de la definición morrisiana. Según Morris, la pragmática ha de ocuparse de todos los fenómenos psicológicos, biológicos y sociológicos que se dan en el funcionamiento de los signos (relaciones del signo con la mente, con el organismo y la sociedad).
7.7. La semiología de Saussure.
La doble naturaleza de la lengua
La semiología de Saussure, la otra fuente de la que se ha alimentado la semiótica moderna, surge de modo independiente y prácticamente al mismo tiempo que la semiótica de Peirce. Se distingue de la de éste, entre otras cosas, por el lugar que ocupa en ella lo específicamente lingüístico. Para Saussure, la lingüística no es sino una rama de la teoría de los signos, pero una rama de especial importancia, porque permite construir desde ella el edificio completo de una teoría general sobre el signo. A diferencia de Peirce, que elaboraba su semiótica desde la filosofía, Saussure utiliza como punto de partida sus estudios de lingüística comparada, con aguda conciencia del doble carácter social y psicológico, de los sistemas semióticos.
7.8. Signo y representación:
Significante y significado
Un lugar central en esa teoría semiológica lo ocupa su concepción del signo, inseparable de su teoría del lenguaje, de la que constituye su fundamento a través de la noción del sistema y del principio de arbitrariedad. En realidad, se ocupó ante todo del signo lingüístico y reconsideró la relación semiológica reduciéndola a una relación diádica. En esta concepción quedan pues excluidos los polos correspondientes a la realidad (el objeto representado) y, curiosamente, la materialidad del propio signo, la vibración de ondas sonoras que puede constituir una palabra, por ejemplo. Estos son elementos que subyacen a la relación semiótica, pero que se encuentran más allá de ella, ligados quizás por relaciones causales con los componentes genuinas del signo: el significante y el significado. Los polos de la relación semiótica son de naturaleza psicológica, pero de diferente nivel de abstracción. Compete a la psicología su investigación en cuanto objetos o fenómenos de índole mental; a la semiología sólo le atañe especificar la naturaleza de sus relaciones, que Saussure encontró sujetas a dos principios: la arbitrariedad de su conexión y la linealidad del significante.
7.9. Las propiedades del signo lingüístico: arbitrariedad y carácter lineal
Respecto al primer principio, el de la arbitrariedad del signo, existen dudas sobre el auténtico sentido de la concepción saussuriana. Parece comprobado que, en sus formulaciones, se inspiró en la obra deWhitney, de tradición lockeana. Para Saussure, el principio de arbitrariedad domina toda la lingüística de la lengua, aunque sus múltiples consecuencias se descubren sólo tras muchas vueltas, oscureciendo la importancia primordial del principio. Es el principio de arbitrariedad el que proporciona la primacía al lenguaje sobre otros sistemas semióticos. En el signo lingüístico, la arbitrariedad significa que no existe ninguna conexión interna, relación interior, entre el significante y el significado. No hay que confundir la arbitrariedad con la carencia de causas. Es decir, no es que no existan causas para la constitución de este o aquel signo, sino que tales causas no pueden encontrarse en el seno mismo, en que éste tenga esta o aquella forma. En cuanto a esto, los signos se diferencian de los símbolos que, de acuerdo con, están unidos a sus significados por un vínculo natural. La noción de símbolo que propuso Saussure no tiene, pues, nada que ver, y a un se opone, a la manejada por Peirce. El segundo principio constitutivo del signo lingüístico es la linealidad del significante. El significante no es la sucesión de sonidos o inscripciones gráficas, sino la imagen que éstos producen. Desde el punto de vista formal comparten con su causa física una misma estructura, de acuerdo con el cuestionable supuesto de Saussure, a saber, tener una articulación lineal, esto es, 1º representar una extensión, y 2º ser esa extensión medible en una sola dimensión. Este principio es de suma importancia para Saussure, porque en él reside el origen de una clase de relaciones constitutivas de cualquier lengua: las relaciones sintagmáticas.
7.10. La lengua como institución y la lengua como sistema
Uno de los aspectos en que se ha señalado la influencia de Durkheim en la obra de Saussure es en su concepción de la lengua como institución social. Para Saussure, la lengua tiene las dos características esenciales que configuran toda institución: está conformado por reglas a) generales, esto es, ajenas a la voluntad individual, y b) y de carácter coercitivo, esto es, limitadaoras de posibilidades en la conducta interactiva. Esto se aplica igualmente a los elementos componentes de la lengua, lo signos lingüísticos. El significante parece libremente elegido, pero en realidad no es elegido por nadie en particular. Las lenguas son instituciones que, precisamente por su carácter profundamente arbitrario, sólo pueden cambiar lentamente, por causas naturales, esto es, históricas (extrínsecas o intrínsecas). Si, desde el punto de vista social, la lengua es una institución, desde el enfoque formal, es un sistema. Esta noción que no es original de Saussure, tiene en su concepción un rendimiento explicativo importante, a diferencia de concepciones anteriores. Saussure utilizó la noción de sistema en el sentido que tenía en su época, estructura matemática: como conjunto de elementos cuyos rasgos definitorios son relacionales, esto es, que tienen un existencia cuyos significado está determinado por las relaciones que mantienen con otros elementos del mismo conjunto. Los signos lingüísticos no son, sino que tienen valor. Por eso, Saussure niega que la lengua constituya una nomenclatura, un repertorio fijo de designaciones de la realidad, una lista de términos que corresponden a otras tantas cosas. En una nomenclatura de este tipo existe una correspondencia fija entre términos y realidades y, por tanto, el cambio voluntario e intencional es posible, sin que quede afectado en el resto de conjunto. En cambio, nada de esto sucede en las lenguas naturales. Su naturaleza histórica asegura su fijeza y su carácter supraindividual las pone a salvo de las decisiones particulares de cambio.
7.11. Lingüística diacrónica y lingüística sincrónica
No obstante, el cambio, el desplazamiento de la asociación entre significante y significado, es inevitable, produciéndose de una forma que diferencia a la lengua de otros tipos de instituciones. Por ello, en todo sistema semiótico, y especialmente en la lengua, hay que diferenciar entre su estado actual, y los estados que le han precedido y han llevado a él; hay que distinguir entre lo sincrónico y lo diacrónico. Antes de Saussure se daba primacía a la lingüística diacrónica. Constituía parte del paradigma historicista en ciencias sociales: las explicaciones científicas de la lingüística eran explicaciones históricas. Saussure pone en cuestión este paradigma, afirmando la primacía de la lingüística sincrónica. Lo que el lingüista ha de estudiar es una realidad mental, un sistema lingüístico presente en la mente de los que saben hablar una lengua y, desde ese punto de vista, carecen de pertinencia las consideraciones históricas. Lo que el hablante sabe no es una cadena histórica de relaciones causales, sino un sistema de relaciones de significación. Por eso, el objeto propio de la lingüística es la descripción de la estructura de la lengua como si fuera algo fijo. Esta segunda gran bifurcación de la ciencia lingüística tiene importantes consecuencias metodológicas, asegurando entre otras cosas la autonomía de las explicaciones diacrónicas y sincrónicas De igual modo, la elección del enfoque sincrónico determina la forma de las explicaciones lingüísticas. Las regularidades (leyes) que tal lingüística ha de describir son de naturaleza completamente diferente a las que dirigen las evoluciones históricas, e igualmente diferentes de otras leyes sociales. Las regularidades lingüísticas son pues fruto no de los avatares históricos, sino del hecho de la naturaleza sistemática de la lengua. Tales leyes están sujetas a una causalidad estructural: el cambio de elementos provoca reacomodaciones del sistema que se explican precisamente por la necesidad de conservar una determinada estructura. Saussure estuvo en el origen de la lingüística moderna. De su concepción general del lenguaje se ha configurado el marco conceptual de buena parte de la lingüística posterior a él.
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Publicado el 4 de Agosto, 2008, 1:25.
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Aristóteles...
Aristóteles fue amado, odiado, ensalzado, denigrado, leído como si fuera un dios, equiparado al mismísimo demonio... pero su figura en los comienzos de la epopeya científica, con sus espeluznantes errores y sus notables aciertos, sigue brillando en el Liceo de Atenas, donde el filósofo se propuso explicar el mundo, y en cierta forma lo hizo.
Hace apenas diez años, una topadora estaba nivelando el terreno para hacer una playa de estacionamiento en el centro de Atenas. Cuando se disponían a tapar todo con cemento por un siglo más, los obreros se toparon con unas ruinas que resultaron ser las del Liceo de Aristóteles, una de las dos primeras universidades del mundo occidental. La otra era la Academia de Platón, pero sin duda el Liceo se parecía más a lo que hoy entendemos por universidad.
Los griegos estaban buscando esas ruinas desde la independencia, pero nunca habían imaginado que estaban tan cerca de la Acrópolis, en un lugar que habían transitado griegos, turcos y turistas durante 2400 años. Las ruinas eran apenas dos tercios del basamento de algo que había nacido como un gimnasio donde se practicaban deportes y artes marciales. La diferencia con los de ahora es que ahí habían estudiado unos dos mil alumnos desde que Aristóteles fundó su universidad, en el año 336 a.C., y le puso Liceo, un apelativo del dios Apolo.
No se encontró esa recova donde el maestro paseaba dando clase: el Peripatós, del cual sus alumnos tomaron el nombre de “peripatéticos”. Pero sí estaba el aula donde enseñaba, con capacidad apenas para diez alumnos; allí seguramente habría estado aquel busto de Sócrates que siempre usaba como ejemplo para los silogismos.
En sus buenos tiempos, el Liceo había tenido una biblioteca, un zoológico y un jardín botánico. Tenía colecciones de mapas y de minerales, y varias aulas y talleres donde se estudiaba e investigaba. Una vez por mes se realizaban esos banquetes que seguimos llamando simposios, aunque ahora no se coma. En ese lugar se le puso nombre a la Física, la Meteorología, la Economía, la Poesía, la Etica y la Política. También se enseñaba lógica, biología, medicina, astronomía, historia y sociología.
Aristóteles dirigió el Liceo por trece años, y cuando tuvo que irse de Atenas por motivos políticos lo sucedió Teofrasto. Más tarde fueron dos discípulos de Teofrasto los que fundaron el Museo de Alejandría, la mayor institución científica de la antigüedad.
Contra lo que pueda suponerse, la filosofía de Aristóteles no fue muy popular en su tiempo; no pudo competir con escuelas más amigables, que enseñaban a ser feliz. El Liceo fue saqueado durante el siglo II y destruido cuando los romanos saquearon Atenas, un siglo antes de Cristo.
Las obras del filósofo fueron a parar a una cueva, donde quedaron escondidas sin que nadie las leyera por doscientos años. Algunos profesores del Liceo se llevaron el grueso de la biblioteca al Medio Oriente. Hasta que cayeron en poder de los árabes, cuando estaban en su mejor momento cultural y ellos fueron los que les sacaron el mayor provecho, entre los siglos XI y XII.
Europa “descubrió” a Aristóteles (de quien sólo se conocía algo de lógica) gracias a los árabes. Cuando los traductores de la escuela de Toledo dieron a conocer sus obras, los europeos quedaron deslumbrados, al encontrarse con un sistema de pensamiento mucho más complejo que todo lo conocido. Santo Tomás de Aquino adoptó el aristotelismo para hacer una síntesis de la teología cristiana con eso que parecía la filosofía más avanzada de entonces, y si bien al comienzo tuvo que enfrentar a los sectores más reaccionarios, logró imponerse.
DISPAREN SOBRE ARISTOTELES
A fines del Medioevo, Aristóteles ya era llamado “el Filósofo”, a secas. El aristotelismo no sólo había superado las resistencias, sino que se había convertido en el eje de la enseñanza universitaria, controlada por la Iglesia.
En todos los campos, Aristóteles encarnaba el sentido común, y costaba imponer cualquier otro planteo. Para superarlo, los humanistas del Renacimiento buscaron apoyo en la filosofía de Platón, recién redescubierta, y confiaron en el sabio imaginario Hermes Trismegisto.
Pero mientras los anatomistas de Padua avanzaban apelando a lo mejor de la actitud científica de Aristóteles, los inquisidores pasaron a considerar enemigo a quien cuestionara su cosmología. Como consecuencia de la nueva alineación política, todos los disidentes, rebeldes o innovadores de la época hicieron un frente común contra Aristóteles y lo hicieron responsable del oscurantismo, el dogmatismo y la pereza intelectual. Precisamente lo que el griego nunca había hecho.
Una de las academias renacentistas, la Cosentina, se propuso como fin principal “descubrir los errores científicos de Aristóteles”. El matemático Petrus Ramus se hizo famoso porque en 1536 defendió públicamente una tesis radical: “¡Todo lo que dice Aristóteles es falso!”.
Más enfáticos fueron los reformadores protestantes, para quienes Aristóteles era el Papa de la filosofía.
Si Calvino despreciaba a toda filosofía mundana, Lutero fue mucho más tremebundo cuando calificó a los escolásticos de “langostas, gusanos, ranas, piojos”. Para Lutero, “el doblemente execrable Aristóteles” era “ciertamente un diablo, un espantoso calumniador, un perverso sicofante, un príncipe de las tinieblas, una bestia, el más horrible de los impostores de la humanidad, un mentiroso público y confeso, un chivo, un perfecto epicúreo...”.
Epítetos menos gruesos pero igualmente severos continuaron resonando durante siglos, mientras gente como Galileo, Kepler y Newton, sin retórica, pero con sólido trabajo teórico, demolía la física aristotélica, con su geocentrismo, sus “lugares naturales” y sus “cualidades”. Pero el hecho es que si Aristóteles había tenido vigencia por unos dos mil años, desde el siglo IV a.C. hasta el XV de nuestra era, no era sólo porque alguna autoridad había querido imponerlo, sino porque no se conocía nada mejor.
Aristóteles seguía dándoles trabajo a los románticos, cuando Víctor Hugo rompió con esas “unidades” que el griego había establecido para el teatro y otros habían convertido en dogmas. Desde entonces, se escribieron “dramas” que mezclaban tragedia y comedia, la acción dejó de desarrollarse siempre en el mismo lugar y pudo saltar de un tiempo a otro.
Luego les tocó el turno a Darwin y Freud, que vinieron a minar esa racionalidad que el griego le atribuía al hombre. La última disciplina aristotélica en resistir fue la lógica, que recién fue superada por Frege en el siglo XX.
La leyenda negra de Aristóteles ya estaba consolidada. Hace apenas unas décadas, el biólogo J.D. Bernal la resumía en un libro muy leído, La ciencia en la historia, de 1964. Para Bernal, que solía ser más indulgente con los crímenes de Stalin que con los errores de los filósofos, “Petrus Ramus tenía razón (...) La historia de la ciencia es la historia del derrocamiento de Aristóteles”. Bernal llegaba al punto de responsabilizar al griego por la muerte de Giordano Bruno y la condena de Galileo.
Como si alguien tuviera que responder por las tergiversaciones que pudieran sufrir sus escritos dos mil años después. Hay muy pocos libros capaces de sobrevivir siquiera una centésima parte de ese tiempo, y si llevó tanto tiempo superar a Aristóteles, mayor es el respeto que merece el esfuerzo que insumió construir su sistema.
ARISTOTELES Y LA CIENCIA
Una de las razones por las cuales el pensamiento aristotélico ofrecía tanta resistencia es porque fue el que más contribuyó a conformar la cultura occidental, desde la política hasta la teoría literaria. Quizá su mayor legado sea su actitud realista, empirista y racional.
Imaginar que Aristóteles hubiese podido tener una cosmología y una física más “modernas” no pasa de ser un anacronismo. Pensemos que su vocación era la biología pero se desempeñaba como rector de una universidad donde se cultivaban toda clase de disciplinas.
A ningún rector de hoy se le pide que sea autoridad intelectual en todas las facultades, aunque Aristóteles estuvo cerca. Hay que recordar que en su época no había instrumentos de medición, telescopios ni laboratorios químicos, y que la matemática griega estaba atada a un sistema numérico que le impedía crecer.
El geocentrismo y el sistema de las esferas planetarias ya los había impuesto la Academia de Platón. Aristóteles estimó erróneamente el diámetro de la Tierra, pero su error sirvió para que Colón se largara al océano. El propio Aristarco, que un siglo más tarde planteó el primer sistema heliocéntrico y se adelantó a los modernos, se había formado con Estratón, un director del Liceo.
No sería difícil hacer una lista de los errores de Aristóteles. Pero sólo es lícito hablar de “error” cuando quien lo comete no está en condiciones de acceder a la verdad. Los “errores” de Aristóteles se dieron cuando no supo innovar o trascender las “evidencias” de su tiempo.
No puso en duda la generación espontánea, consideró inferior a la mujer y llegó a afirmar que se era esclavo por naturaleza. Pero no dejó de observar que “el día que la lanzadera tejiera sola (...) no harían falta esclavos”. Claro que al fin llegaron las máquinas, y a la luz de lo que es el mundo actual se diría que aquí también se equivocó. Pero no fue el único.
El epistemólogo Robin Dunbar, para nada indulgente, se atrevió a decir que “los logros científicos de Aristóteles probablemente no tengan equivalente en la historia del pensamiento humano” (El miedo a la ciencia, 1995). Por supuesto, el mérito le cabe a la comunidad del Liceo, pues era común que se atribuyera al maestro la autoría de todos los apuntes de clases y seminarios.
Dunbar se tomó el trabajo de revisar las tesis del griego en todas las áreas de la biología, a la luz de lo que hoy sabemos. Encontró que la mayoría de los errores son aquellos que Aristóteles tomó de otros autores. Pero en los temas que estaba a su alcance resolver mediante la observación directa, fuera propia o de sus colaboradores, Dunbar encontró una relación de 32 aciertos contra dos errores.
Mucho antes de Newton, Aristóteles estudió cómo se producía un arco iris haciendo pasar la luz por un rocío de gotitas de agua. Como anatomista fue el primero en describir la trompa de Eustaquio. El erizo de mar tiene un órgano llamado “linterna de Aristóteles”. Su biología marina, basada en la sistemática observación del contenido de las redes de pesca, sigue siendo notable.
También escribió sobre la organización social de las abejas y observó cómo recogían el néctar. Determinó que los delfines eran mamíferos y que las hienas no eran hermafroditas. Describió a un raro tiburón vivíparo y la regeneración de los reptiles más de dos mil años antes de que los reconociera la biología moderna.
Milenios antes de que Harvey volviera a interesarse en hacerlo, observó el desarrollo del embrión de pollo y determinó que la yema no era el embrión, sino una reserva de alimento. También fue el primero en señalar que el feto de los mamíferos se alimenta por el cordón umbilical.
Su discípulo Teofrasto, que lo sucedió en la dirección del Liceo, fue el fundador de la botánica. Entre otras cosas, estudió el sexo de las plantas, milenios antes que Linneo. Su clasificación de los vegetales en árboles, arbustos, matas y hierbas es mucho más racional que otras que se usaron antes del siglo XVII.
Mucho se ha ironizado con su concepto aristotélico de “entelequia”, que los vitalistas quisieron rescatar a principios del siglo pasado. Sin embargo, en la concepción aristotélica la “entelequia” era una “forma” que dirigía el crecimiento de un animal o una planta, organizando una “materia” viviente. Si hace décadas parecía algo mitológico, hoy diríamos que se parece bastante a lo que entendemos por “genoma”.
Para disipar de una buena vez la caricatura del Aristóteles dogmático, hay que recordar lo que dijo en su Generación de los Animales: “hay que darle más crédito a la prueba directa de los sentidos que a las teorías”. Y en el tratado Sobre el cielo proclamó que “cuando alguien encuentre pruebas más exactas, tendremos que agradecérselo”.
Nuestra clase dirigente, que supo tener un discurso kantiano cuando hablaba de “trascendental” y “antinomia” e “imperativo”, parece haber vuelto a poner de moda los conceptos aristotélicos. Se ensalza a la “democracia”, se execran la “oligarquía” y la “tiranía” y en cualquier momento se empieza a hablar del “justo medio” o de la “tercera posición”. Son términos impuestos por Aristóteles, que era más republicano que democrático. Monarquía era el gobierno de uno, oligarquía de pocos (los ricos) y la república era para todos. Nadie, salvo los totalitarios, ha pensado en superarlo. Pero casi nadie se da cuenta de que tanto el cronista de espectáculos que habla de “catarsis” como el periodista que escribe “una golondrina no hace verano” están citando a Aristóteles.
No es poco.
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